Las mordaces palabras de Arconte picaron a Demithor, que entonces desató su aura y fulminó con la mirada al primero.
—Arconte, si te atreves a llevártelo por la fuerza, la Secta Vientofuerte aniquilará a la Secta Luminosa. Dado lo débil que eres, sólo será cuestión de minutos.
—Basta de tonterías. La Secta Vientofuerte ha ido contra las leyes de la naturaleza llevando a cabo modificaciones genéticas, ¿y aun así pretendes investigar el Cultivo Demoníaco? Si se corre la voz de esto, ¿de verdad crees que las otras sectas ocultas se quedarán de brazos cruzados? —replicó Arconte.
Con las cejas fruncidas, Demithor miró a Arconte.
—¿De verdad no temes desatar un conflicto entre nuestras dos sectas?
—¿Qué hay que temer? Destruir el mal siempre ha sido nuestra responsabilidad. En lugar de entrenar como debe de ser, la Secta Vientofuerte elige ir por el camino del Cultivo Demoníaco. Permitir que te lleves al Cultivador Demoníaco sería la mayor deshonra de la Secta Luminosa.
A pesar de su aspecto sencillo, Arconte exudaba oleadas de energía justiciera.
—¡Caramba! Basta ya de palabras pretenciosas. Mostrarte sólo cuando estoy herido sólo te hace parecer un cobarde, así que deja de fingir ser tan noble —espetó Demithor.
No obstante, Arconte apuntó a Demithor con su espada y lo amenazó:
—Entrégamelo y vete. Te perdonaré la vida si cooperas. De lo contrario, no me culpes por lo que voy a hacer. Teniendo en cuenta tus graves heridas y la incompetencia de tus hombres, ¡no eres rival en absoluto para mí y mis compañeros!
Estaba claro, por la intención asesina que emitía Arconte, que estaba listo para atacar en cualquier momento.
Mientras tanto, Demithor era muy consciente de que estaría en desventaja en la batalla. Después de lanzarle a Arconte una mirada temible, se enfureció:
—Espera, Arconte. No será la última vez que escucharás hablar de mí. La Secta Luminosa es ahora enemiga de la Secta Vientofuerte.
Con eso, Demithor agitó la mano.
—Déjenlo, y vámonos.
Pronto, condujo a sus hombres lejos, mientras Jaime vomitaba una bocanada de sangre antes de perder el conocimiento.
—Arconte, ¿va a morir? —preguntó Alba.

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