Mientras tanto, en la Secta Vientofuerte, Emiliano estaba entubado por todas partes, con un líquido verde corriendo por los tubos.
Delante de él había un recipiente de cristal lleno del mismo líquido verde, que se agitaba y hervía.
Emiliano fruncía las cejas, parecía estar soportando un inmenso dolor.
Su madre tenía una expresión angustiada mientras observaba en silencio desde un lado.
—Trino, ¿estás seguro de que esto va a funcionar? Ten en cuenta que es tu hijo. Si esto falla y la vida de Emiliano corre peligro, ¡no te dejaré escapar! —amenazó mientras miraba directo a Trino.
—Esta tecnología ya está bien desarrollada, así que no te preocupes —la tranquilizó Trino y se colocó ante el recipiente de cristal, donde se mordió un poco el dedo, dejando que unas gotas de su sangre gotearan en el líquido verde.
Sorprendentemente, parecía bastante fatigado tras el mero acto de verter unas gotas de sangre en el recipiente.
A medida que el líquido verde seguía infundiéndose en el cuerpo de Emiliano, éste empezó a emanar un tenue resplandor verde mientras su aura comenzaba a expandirse.
Observando la escena que se desarrollaba ante él, Trino se rio.
—¡No te preocupes; nuestro hijo sufrirá una transformación completa en menos de diez horas!
La madre de Emiliano asintió complacida y lo abrazó.
Mientras disfrutaban de un momento íntimo, Demithor, que se encontraba en el Acantilado del Reflejo, seguía siendo asaltado por la formidable aura del acantilado.
Huro caminó poco a poco hacia Demithor y se colocó detrás de él. Su expresión parecía mostrar lo mal que se sentía al ver el dolor que sufría su hijo.
—Demithor, ¿cómo lo llevas? —preguntó Huro.
Al percatarse de la presencia de su padre, Demithor se puso en pie e inclinó la cabeza en respuesta.

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