—¿Estás seguro de que estas bestias demoníacas no me atacarán si me pongo de pie ahora mismo? —Jaime seguía preocupado porque había muchas bestias demoníacas mirándolo.
—Estoy seguro. Ahora, llévame al lugar marcado en el mapa del tesoro —instó Renzo.
Sin embargo, Jaime seguía teniendo demasiado miedo para levantarse.
—Será mejor que no me mientas. Si me comen esas bestias demoníacas, nadie te llevará allí.
—¡Relájate! No te miento. Una vez que te levantes, apuesto a que estas bestias demoníacas temblarán de miedo.
Jaime se puso en pie poco a poco. Cuando las bestias demoníacas lo vieron, retrocedieron rápido dos pasos, causando una conmoción.
—¿Ves? ¡Esas criaturas están aterrorizadas por ti! —dijo Renzo.
Cuando Jaime vio la mirada temerosa en los ojos de la bestia demoníaca, sus preocupaciones desaparecieron.
Miró al león gigante no muy lejos de él y le hizo un gesto con la mano.
—Ven aquí.
Quería ver si las bestias demoníacas escuchaban sus órdenes.
El león gigante se acercó a Jaime como un cachorro obediente.
Jaime estaba exultante.
«Con tantas bestias demoníacas como subordinados, ¡ya no tengo que temer a Winsor y a esa gente del reino oculto!».
Cuando recordó cómo lo perseguían y la paliza que le habían propinado entonces, la rabia le consumió el corazón.
—¡Me vengaré! —Lanzó un puñetazo, haciendo añicos una roca cercana.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El despertar del Dragón