—¿Q…Qué está pasando?
Mateo y el Gran Adivino rebosaban confusión.
Arrugando las cejas con fuerza, Jaime tampoco tenía ni idea de lo que estaba pasando.
«¿Acaso mi invocación del fénix ahuyentó a las águilas? Aun así, sería imposible que desaparecieran así sin dejar rastro».
Jaime había querido preguntarle al anciano, pero cuando miró la calavera de cristal, ésta había caído al suelo. Sin su luz, parecía como si hubiera perdido su poder. Incluso después de recoger la calavera, Jaime no consiguió que volviera a hablar.
Sin otra opción, Jaime guardó la calavera y deliberó sobre los acontecimientos que se habían desarrollado.
—Lo que acabamos de encontrar tal vez no sean bestias demoníacas reales. En cambio, son bestias demoníacas formadas a partir de energía negativa que luego volvieron a su forma original. La razón por la que no nos dimos cuenta antes fue porque flotaban por todas partes a nuestro alrededor —dijo Jaime tras analizar la situación.
«Es la única explicación lógica. Si no, ¿adónde habría ido a parar todo el enjambre de águilas? Además, ¿y sus cadáveres?».
—El análisis del señor Casas tiene sentido. Las bestias demoníacas no pueden vivir en esas condiciones.
Mateo asintió para indicar que estaba de acuerdo con la perspectiva de Jaime.
Mientras tanto, la visión de sus discípulos lamentándose en el suelo rompió el corazón del Gran Adivino.
Lo que más le dolía era que no tenía forma de darles ningún tratamiento médico.
—Discípulos míos, espero que no me culpen por darles una muerte rápida para acabar con su sufrimiento —dijo el Gran Adivino. Planeaba matar a los que estaban malheridos.
Teniendo en cuenta su peligrosa ubicación, sabía que no era factible llevar consigo a los heridos graves, y dejarlos atrás era aún más cruel.

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