—Muy bien. Me alegra ver la madurez que has demostrado —felicitó Ebenezer a Sigfrido antes de volverse hacia Jaime—. ¿Cómo te llamas?
—Jaime Casas —respondió Jaime despreocupado.
—Ya que estás buscando unirte a la Secta del Caldero Esmeralda. ¿Por qué has elegido ser discípulo de Gamaliel en lugar de Heru? —preguntó Ebenezer.
Como líder de la Secta del Caldero Esmeralda, Heru era la elección natural si uno estaba buscando un maestro. Además, la posición en la Secta del Caldero Esmeralda sería más alta como discípulo de Heru.
Por el contrario, Gamaliel vivía en un lugar miserable y no podía permitirse proporcionar muchos recursos a sus discípulos. Aparte de unos pocos discípulos leales, nadie más lo había buscado para convertirse en su maestro.
—No hay ninguna razón en particular. Tan solo me gusta —fue la respuesta de Jaime.
El tono tranquilo y sereno de Jaime sorprendió a Ebenezer, pues la mayoría de los candidatos no sólo le mostrarían el máximo respeto, sino que le harían regalos en secreto.
A este no le importaba que Jaime no le regalara nada, pero le chocaba la actitud que mostraba. Era una que no podía tolerar en absoluto.
—Chico, desprendes la arrogancia de la juventud, pero tu exceso de confianza no te ayudará en la evaluación. Que apruebes o no dependerá exclusivamente de tus habilidades.
Al terminar su frase con una sonrisa burlona, Ebenezer le entregó a Jaime una ficha.
—Esta es la ficha para la evaluación y tu vida depende de ella. Si te encuentras en peligro durante el proceso, puedes romper la ficha y alguien irá a rescatarte. Dicho esto, permíteme ser sincero contigo. Una vez dentro, tu vida pertenece al propio destino. Si consigues que te maten, nuestra secta no será responsable de ello —continuó el primero.
Mirando con atención a la ficha que le tendió Ebenezer, Jaime no la aceptó. En su lugar, respondió con indiferencia:
—No necesito la ficha. Si mi vida se viera amenazada, sólo significaría que soy demasiado débil. Por lo tanto, no culparé a la Secta del Caldero Esmeralda aunque muera dentro.
—Bien. Admiro tus agallas. Hacía mucho tiempo que no veía a un joven con tanta confianza como tú. Espero que no me decepciones.
A pesar de que Ebenezer elogiaba a Jaime, un destello gélido brilló en sus ojos.
Al escuchar las palabras de Ebenezer, Jaime esbozó una sonrisa indiferente.
—Eso sólo les ocurrirá a los que no tengan habilidades que los respalden. Tardaré diez minutos como mucho. No creo que te dé tiempo a echarte una siesta.
Con eso, Jaime entró en el conjunto arcano.
Observando la silueta del hombre que desaparecía, Ebenezer preguntó:
—Sigfrido, ¿dónde encontró Gamaliel a este bicho raro? Parece un loco.
—Yo... no tengo ni idea —respondió Sigfrido tragando saliva.
Sin embargo, Sigfrido sabía que Jaime tenía la habilidad de poner su dinero donde estaba su boca.

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