—General, el rey Yoel quiere verlo —dijo el guardia.
Tigro estaba inquieto por la noticia, pues sabía por qué Yoel le había convocado.
Antes de marcharse, Ivana había mencionado que informaría del asunto a su padre.
Tigro siguió al guardia hasta el palacio.
A su llegada, fue recibido por el ceño fruncido de Yoel e Ivana a su lado.
—Su Majestad, ¿preguntó por mí? —preguntó Tigro en voz baja con la cabeza gacha.
—Tigro, dime, ¿acabas de golpear al señor Casas? —preguntó Yoel.
—¡Sí! —Tigro no se atrevió a mentir, pues era imposible hacerlo con tantos testigos observando entonces.
Esa era la misma razón por la que Ivana se había enterado del incidente en tan poco tiempo.
—¡Cómo te atreves! ¿No conoces la ley de la Ciudad Imperial de las Bestias? ¿Cómo has podido incumplirla siendo el general de la guardia real? —rugió Yoel mientras golpeaba la mesa con la mano.
Tigro cayó de rodillas al instante, temblando de miedo.
—Majestad, Jaime estaba molestando a los ciudadanos de nuestra ciudad. Es mi deber como general de la guardia real detenerlo —mintió Tigro a Yoel utilizando la excusa que Zandro le había enseñado.
Yoel se enfureció al escuchar la explicación de Tigro.
Como señor de la Secta del Dragón, Jaime reinaba sobre la Ciudad Imperial de las Bestias. No tenía sentido que intimidara a sus propios súbditos.
—Tigro, ¿cómo te atreves a mentirme? Escucha, debes obedecer al Señor Casas de ahora en adelante. Asegúrate de hacer todo lo que te diga. Como es la primera vez que cometes un error, te perdonaré. Tu castigo será vigilar las puertas de la ciudad durante diez días. Si vuelves a faltarle el respeto al señor Casas, te mataré —tronó Yoel.
«Incluso yo, el rey, tengo que obedecer a Jaime. ¿Acaso Tigro, que no es más que el general de la guardia real, quiere que lo maten atacando a Jaime?».
A pesar de la indignación que sentía, Tigro no se atrevía a mostrarla delante de Yoel. Lo único que pudo hacer fue asentir y responder:
—Entendido.
—Muy bien, entonces. Puedes retirarte.
Yoel le hizo señas para que se fuera.
«Soy el general de la guardia real de la Ciudad Imperial de las Bestias. Si no fuera por mí, la ciudad habría sido atacada innumerables veces, y aun así no soy nada comparado con un humilde humano».
—Acepto. Ya que me valora tanto, acepto convertirme en su hermano jurado. Estoy dispuesto a obedecerlo de ahora en adelante.
Tigro se armó de valor y tomó una decisión.
—Eso es maravilloso, Poderoso Tigro. Haré los arreglos de inmediato.
Zandro ordenó de inmediato a sus hombres que prepararan una rápida ceremonia en la que ambos se juraran lealtad mutua.
Una vez terminada la ceremonia, Tigro miró a Zandro y dijo:
—Príncipe Zandro…
—Poderoso Tigro, ahora que somos hermanos jurados, no hace falta ser tan formal. Puedes llamarme tan solo Zandro —interrumpió Zandro a Tigro.
—Zandro, ahora que somos hermanos jurados, no dudes en acercarte a mí si necesitas algo en Ciudad Imperial de las Bestias —ofreció Tigro en tono agradecido.
—Poderoso Tigro, nuestra prioridad ahora es deshacernos de Jaime. Ya que no podemos hacerlo en la ciudad, tendremos que atraerlo fuera.
Con los ojos brillantes, Zandro empezó a conspirar con Tigro.

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