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El despertar del Dragón (Jaime Casas) romance Capítulo 2807

—No te preocupes. Aunque Halcón del Trueno se entere de esto, no se atreverá a actuar dentro de Jeriva. Mientras nos mantengamos dentro de estos límites, estaremos a salvo —Jaime esbozó una leve sonrisa—. Encontraré aquí la forma de restaurar tus fuerzas y curarte del veneno de tu cuerpo.

—Si consigo recuperar mis fuerzas, estoy seguro de que tendremos alguna posibilidad de defendernos de Halcón del Trueno —dijo Yoel.

—Muy bien, descansemos un poco. Las cosas se solucionarán solas, así que no pensemos demasiado —tranquilizó Jaime al grupo, animándolos a descansar.

Jaime y los demás permanecieron en casa el resto del día y, al final, la multitud que se había reunido fuera se dispersó.

Por la noche, Violeta, una vez más, se acercó a Jaime.

Conociendo sus deseos, Jaime se dio la vuelta y la inmovilizó.

Justo cuando estaban enredados en la cama, con Violeta en el séptimo cielo, Jaime se detuvo de repente.

—¿Qué pasa? —preguntó Violeta.

—Hay alguien fuera —dijo Jaime, sus agudos sentidos le permitieron advertir una presencia que acechaba en el patio.

El rostro de Violeta se sonrojó de un profundo tono carmesí. Le avergonzaba la posibilidad de que, si había alguien fuera, hubiera escuchado los ruidos.

Jaime se levantó, se vistió y se dirigió directo hacia la puerta.

Violeta quiso seguirlo, pero Jaime la detuvo. Como no tenía ni idea de quién podía estar fuera, no quería que se precipitara y los pusiera en una situación vulnerable.

Tras salir de la habitación, Jaime observó rápido el patio antes de dirigirse a un callejón cercano.

—Un paso al frente. Entrar a hurtadillas en casa ajena a estas horas no es propio de un caballero —dijo Jaime al entrar en el callejón, girándose rápido hacia el espacio aparentemente vacío.

De repente, una carcajada rompió el silencio.

—Originalmente vine por las frutas de trueno celestial, pero me sorprendió gratamente tropezar con un espectáculo tan intrigante.

La pregunta de Jaime tomó desprevenido al hombre, que respondió con expresión perpleja:

—¿Me conoces?

—No te conozco. Sólo estaba especulando. Así que en efecto eres alquimista. —A Jaime le sorprendió la inesperada reacción del hombre ante su especulativa afirmación.

La cara del hombre se contorsionó en una mueca cuando se dio cuenta de que Jaime había sido más listo que él.

—Déjate de ocurrencias, jovencito. Ahora entrégame las frutas del trueno celestial.

—¿Y si no lo hago? ¿Te atreverías a ponerme un dedo encima? Ten en cuenta que estamos en Jeriva, donde los enfrentamientos físicos están prohibidos dentro de la ciudad. No te arriesgarías a infringir las normas de la ciudad, ¿verdad? —Jaime habló sin una pizca de miedo.

—Eres demasiado ingenuo, joven. ¿Crees que las normas de Jeriva pueden escudarte y que nadie se atreverá a causarte daño? Puedo acabar con tu vida aquí y destruir tu cuerpo para borrar toda prueba de mi participación. Nadie sabrá lo que ha pasado —se mofó el hombre.

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