Justo cuando Heru se marchó, Zandro vio aparecer una estela de fuego sobre la Ciudad Imperial de las Bestias.
Rápidamente, Zandro señaló la llama en el aire.
—¡Papá, mira! Alguien está escapando de Ciudad Imperial de las Bestias. Tal vez estén pidiendo refuerzos.
Cuando Leuco levantó la cabeza y vio aquello, arrugó las cejas.
Al ver que su padre no contestaba, Zandro volvió a preguntar:
—Papá, ¿deberíamos dejarlo?
Leuco permaneció en silencio, con la mirada fija en la llama.
Al cabo de un rato, hizo un gesto con la mano.
—No, no hace falta.
—¿Por qué no, papá? —Zandro estaba confundido—. ¡Sea lo que sea, debe de ser alguien enviado por Ciudad Imperial de las Bestias para pedir refuerzos! Creen que así no nos enteraremos.
—Ese no es un miembro de la Ciudad Imperial de las Bestias. Es el fénix —replicó Leuco.
—¿Fénix? —Zandro se quedó atónito un momento—. ¡Hace años que desapareció! ¿Por qué de repente está aquí, en Ciudad Imperial de las Bestias? ¿Es porque...?
—No hay necesidad de especular porque definitivamente no es lo que piensas. Ignora la razón de su presencia aquí y ordena a los demás que ataquen ahora. —Una mirada fría se arremolinó en los ojos de Leuco.
De repente tuvo la ominosa sensación de que algo malo iba a ocurrir, así que no quería más retrasos.
Zandro asintió y lanzó un golpe con la palma de la mano, que generó una explosión en el aire.
Ese atronador sonido espoleó al ejército de Ciudad Nortera a avanzar.
Cientos de miles de soldados comenzaron a marchar hacia la Ciudad Imperial de las Bestias.
Mientras tanto, un guardia corrió hacia Yoel e informó:
—¡Malas noticias, Majestad! ¡El ejército del Rey Leuco ha comenzado a atacar!
Yoel frunció el ceño y salió a prisa de la sala para subir a la torre de la ciudad.
Cuando llegó a la cima, contempló el espectáculo que tenía ante sí y vio a decenas de miles de soldados de Ciudad Nortera marchando uniformemente hacia su ciudad.
Delante del ejército gruñían varias bestias demoníacas.

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