—No puedo creerlo. ¿También posee un aura marcada? ¿Es también un miembro del linaje de Hadad? —Leuco estaba desconcertado.
—No. —Remo negó con la cabeza—. Aunque tiene un aura marcada, no forma parte del linaje de Hadad. De eso estoy seguro.
—¿Cómo se llama esta persona?
—Creo que se le conoce como Jaime Casas.
—¿Jaime Casas? —Leuco se quedó pensativo por un instante antes de comentar—: Creo haber escuchado a Zandro mencionar ese nombre antes. De todos modos, ¿tiene alguna exigencia después de secuestrar a Zandro?
—Sí. Jaime dijo que, si desea que Zandro le sea devuelto, tiene que entregarle el Arco Divino.
El cuerpo de Leuco se estremeció al escuchar aquello. Luego, miró fuera de la tienda con cautela. Al ver que no había nadie, se relajó un poco.
Nadie más sabía que poseía el Arco Divino, pero, por alguna razón, Jaime sí lo sabía.
Remo se sorprendió un poco al ver la reacción de Leuco.
—¿El Arco Divino está en verdad en su poder, rey Leuco?
Sin decir palabra, Leuco agitó la mano y una luz centelleó en el aire. De repente, apareció una caja de madera roja.
Una vez retirada la tapa de la caja, Remo vio el Arco Divino que descansaba en su interior.
Leuco había estado llevando el arma a su lado, pero la guardó en el vacío para evitar que alguien se la robara.
Los ojos de Remo brillaron cuando vio el Arco Divino.
Leuco metió la mano en la caja y sacó el arma.
—Qué extraño. ¿Cómo sabe Jaime que tengo el Arco Divino? —murmuró Leuco.
Remo inquirió:
—¿Es posible que alguien cercano a usted haya filtrado la noticia, rey Leuco?
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