Feenix no tardó en sucumbir al cansancio y se quedó dormida.
Jaime, echando un vistazo a la entrada, empezó a ponerse la ropa con calma.
Había sido consciente de la presencia de Mia cuando llegó, pero consumido por el momento con Feenix, no había intervenido.
Poco a poco, se dirigió a la puerta y la abrió.
Al mismo tiempo, Mia permanecía sentada en el suelo, con el rostro enrojecido. Su cuerpo irradiaba calor y sus ojos mostraban una expresión aturdida.
Incluso cuando Jaime abrió la puerta, ella permaneció ajena, perdida en sus fantasías.
Observando a Mia, Jaime susurró con torpeza:
—Señorita Santini…
Su voz devolvió a Mia a la realidad. Aturdida, se levantó y se arregló la ropa.
«¿Cuánto tiempo lleva ahí de pie?».
—Señor Casas, yo… —tartamudeó Mia, sin palabras. Se sentía avergonzada de que Jaime la hubiera visto en ese estado.
—¿Hay alguna razón para que me visite durante la noche, señorita Santini? —preguntó Jaime.
Mia asintió, luego tiró de la mano del hombre.
—Sígame…
Jaime se vio un poco sorprendido, sintiendo una opresión en el pecho.
«¿Adónde me lleva? Oh, no. ¿Quiere acostarse conmigo? No estoy emocionalmente preparado para esto».
Mientras Mia guiaba a Jaime hacia el patio trasero de la residencia Santini, cada vez más aislado, no pudo evitar murmurar:
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