Sin embargo, Mia no cedió. En su lugar, dijo:
—Jaime, los sentimientos pueden desarrollarse. Nosotros tampoco sentíamos nada el uno por el otro, pero aun así te acostaste conmigo al final.
—Lo hice para entrar en la tierra ancestral de la familia Santini —afirmó Jaime sin expresión.
Jaime sabía que estaba a punto de abandonar la residencia Santini y que tal vez nunca regresaría, así que no quería que Mia se enamorara de él.
Quería herirla para que no lo añorara.
Como era de esperar, las crueles palabras de Jaime fueron como una manta húmeda para Mia. Su cuerpo tembló mientras tartamudeaba:
—Tú…
Se quedó sin palabras porque fue ella quien tomó la iniciativa, mientras que Jaime sólo aceptaba sus avances pasivamente.
—Vámonos, Mia. Esto es demasiado embarazoso…
Laila tiró de Mia para que se fuera.
Ella no esperaba ese resultado. Dos hermosas gemelas estaban desnudas ante Jaime, pero él se mostraba por completo indiferente.
Tal vez Jaime era diferente a cualquier otro hombre u odiaba ser tratado como un semental.
Con un gesto de la mano, una sábana cubrió los cuerpos de Mia y Laila.
Las dos mujeres se quedaron atónitas, sin conocer su intención. Sin embargo, el sentido espiritual de Jaime captó algo, y dijo:
—Salgan.
Mia y Laila miraron a su alrededor, pero no vieron a nadie. No tenían ni idea de con quién estaba hablando Jaime.
Con una ligera fluctuación en el vacío, un anciano no tardó en aparecer en su habitación de la nada.
El anciano no era una persona cualquiera, era Orentino de la familia Santini.
Mia y Laila cayeron de inmediato de rodillas e inclinaron la cabeza ante su aparición. Sus ojos estaban llenos de confusión.
«¿No decían que Don Orentino nunca da un paso fuera de la tierra ancestral? ¡Pero si está aquí!».
—Ustedes salgan ahora. Tengo algo que decirle a este joven.
Orentino hizo un gesto despectivo con la mano.
Mia y Laila se marcharon obedientemente.

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