Sin que Atlas lo supiera, Aníbal ya había empezado a sudar frío. Sin embargo, reprimió su pánico y forzó una sonrisa.
—¿Quién es esta persona? No puedo creer que dijeran que soy un Cultivador Demoníaco. Qué broma…
—Oh, lo trajo uno de mis hermanos. Por lo que he escuchado, ese joven está en el mismo equipo que el señor Checo, pero no me molesté en pedir más detalles —respondió Atlas con indiferencia.
Aníbal se congeló al instante mientras su mirada se oscurecía.
—¿Ese joven se apellida Casas?
Atlas asintió.
—Sí. Escuché al Señor Checo dirigirse a él como Señor Casas…
—¡Oh, Dios! Ese es Jaime Casas. Es el hombre que le dije que me ayudara a capturar, señor Judea —se apresuró a responder Aníbal.
—¿Qué? ¿Ese es el tipo? —soltó Atlas con cara de confusión—. No es más que un cultivador del Reino de la Fusión Corporal. Además, sus habilidades médicas no son nada buenas. ¿Por qué le guarda rencor, señor Godo?
«No lo entiendo... El Señor Godo es un alquimista avanzado, por el amor de Dios. ¿Por qué le guardaría rencor a alguien tan insignificante como Jaime Casas?».
—Por favor, no haga más preguntas, señor Judea. Mientras me ayude a capturar a Jaime, prometo curar la enfermedad de la señorita Judea —replicó Aníbal.
Atlas asintió de inmediato.
—Muy bien. Llevaré a mis hombres ahora mismo. Se quedarán justo al lado.
Pronto, Atlas partió con un equipo de subordinados hacia el patio de Víctor, dejando a Aníbal a la expectativa.
«¡Ja! ¡Una vez que Jaime sea capturado, me iré con el rufián! ¿A quién le importa el veneno en el cuerpo de Mera?
Al ver a Atlas marchando hacia su patio con un grupo de hombres, Víctor se quedó perplejo.
—Atlas, ¿por qué has venido aquí de repente?
«Esto es raro... ¡Aunque vivimos uno al lado del otro, Atlas rara vez viene aquí!».
—Víctor, ¿el joven alquimista que me trajiste ayer se llama Jaime Casas?
Víctor asintió.

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