—Puedo entregarte uno de mis espíritus corporales. Entonces, estaré bajo tu control —ofreció Jano.
Jaime negó con la cabeza.
—Eres un cultivador Tribulador de sexto nivel. Aunque me entregaras uno de tus espíritus corporales, no podría controlarte. En ese momento, si aplastara tu espíritu corporal, sólo se vería afectado tu cultivo. Tu vida no estaría en riesgo.
—¿Qué quieres, entonces? —Jano nunca había esperado que el hombre fuera tan desconfiado.
Jaime sacó una píldora naranja de su bolsillo y se la lanzó a Jano.
—Esto es un veneno, y sólo yo puedo hacer el antídoto. Trágatelo ahora, y te dejaré ir.
Con el veneno en la mano, Jano se lo arrojó a la boca sin vacilar.
No importaba el tipo de veneno, lo más importante en ese momento era salvaguardar su vida.
Al verlo tragar la píldora sin vacilar, Jaime sonrió y preguntó:
—¿Crees que el veneno es falso?
—No, no, he decidido colaborar con usted, así que no tiene sentido dudar, Señor Casas.
Jano negó rápidamente con la cabeza.
—Muy bien, puedes irte —dijo Jaime.
Jano se sorprendió.
—¿De verdad puedo irme?
—Sí —Jaime asintió.
Jano se puso en pie y salió de la residencia del alcalde sin que nadie lo persiguiera.
En cuanto salió de la residencia del alcalde, su mirada se volvió afilada como una cuchilla.
Con un par de saltos, abandonó la Ciudad Salitre.
—¿De verdad ha dejado marchar a ese Cultivador Demoníaco, Señor Casas? Alguien como él nunca cumple su palabra —preguntó Heraldo desconcertado al ver que Jaime había permitido que Jano se marchara.
—No pasa nada. Ya que me atrevo a dejarlo ir, naturalmente tengo mi propio plan —respondió Jaime con una sonrisa.

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