Jaime miró a Dimas con desdén y le dijo:
—¿Por qué un don nadie como tú interrumpe nuestra conversación? Es cierto que no soy rival para él, pero aún puedo matarte con un chasquido de dedos.
—Tú…
La mirada de Jaime infundió miedo a Dimas, que retrocedió y se escondió detrás de Pablo.
Dimas no dudaba de lo que decía Jaime. Si éste se empeñaba en matarle, ni siquiera Pablo podría salvarlo.
Como resultado, Dimas ya no tenía agallas para seguir provocando a Jaime.
Mientras tanto, tras ver cómo se desarrollaba la escena que tenía ante sí, Cosme preguntó con ansiedad:
—Anciano Nasser, ¿le echamos una mano al señor Casas?
—No hay necesidad de… —Saulo negó con la cabeza.
—Pero Anciano Nasser, el Señor Casas ha ayudado a la familia Nasser en el lejano norte. No podemos quedarnos de brazos cruzados, ¿verdad? —se quejó Cosme.
Si no hubiera trabajado junto a Jaime en aquel entonces, habría sido asesinado por los Cinco Cazadores de la Alianza del Sello Demoníaco.
—No te preocupes. Jaime no morirá con tanta facilidad —comentó Saulo con indiferencia, con la mirada fija en Jaime.
El comentario sorprendió a Cosme y miró a Saulo con desconfianza. No entendía cómo Saulo sabía que Jaime sobreviviría.
«Parece que conoce a Jaime muy bien».
—¿Has entrado en razón, jovencito? ¿Vas a hacer lo que te digo o tengo que someterte a golpes? —le preguntó Pablo a Jaime.
—Nunca me he sometido a nadie antes. Mi postura sigue siendo la misma incluso frente a un inmortal, por no hablar de un humilde Tribulador de Octavo Nivel como tú. Aunque no pueda vencerte, ¡te haré sufrir como sea! —declaró Jaime con una mirada despiadada.
—Tienes agallas, chico. En ese caso, enséñame lo que tienes —se mofó Pablo.
—Seré honesto contigo. Todavía tengo muchas cosas bajo la manga que te sorprenderán.

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