—¡Por favor, cálmese, Señor Jaramillo! —Leopoldo trató de apaciguar a Ezequiel.
—Nuestra principal prioridad ahora es reunir las hierbas para la Secta Medialuna para que el Maestro Venus pueda comenzar con las píldoras de longevidad. Jaime no es más que un pequeño pez, así que ignorémoslo por el momento. Unas cuantas familias prominentes de la Alianza de Guerreros ya están echando el ojo a los activos de la Familia Velázquez. El Regimiento Fénix incluso ha comenzado a tomar algunos de esos activos. Tenemos que llegar a ellos enseguida antes que el resto. De lo contrario, no podremos reunir los fondos necesarios para las hierbas —dijo.
—El Regimiento Fénix... ¡Siempre van contra nosotros! ¡Es solo cuestión de tiempo que los elimine de la Alianza de Guerreros y los expulse de Cuenca Veraniega! —Ezequiel entrecerró los ojos con resentimiento.
—Voy a convocar una reunión de la Alianza de Guerreros mañana. Si no hacen lo que les exijo, ¡tendremos que desplegar nuestros poderes y someterlos a golpes! —golpeó la mesa con furia, haciéndola añicos.
Mientras tanto, Jaime volvía de la residencia de los Jaramillo y se dirigía a la casa de Isabel cuando se dio cuenta de que dos autos lo seguían.
—¿Oh? ¡Parece que los Jaramillo son rápidos para actuar! —hizo una mueca de condescendencia y detuvo su auto junto a la carretera.
Pensando que de todos modos tenía que enfrentarse a ellos tarde o temprano, no tenía intención de huir de la Familia Jaramillo.
Los dos autos que lo seguían se detuvieron detrás de él, como era de esperar. Cuatro hombres corpulentos se bajaron del segundo auto y se apresuraron a abrir la puerta del primero.
Un hombre con barba, de unos cincuenta años, salió del auto mientras sus cuatro seguidores hacían cola respetuosamente. El hombre era el Maestro Hierro, el director de la Academia Puerta de Hierro.
Jaime frunció el ceño, extrañado, ya que aquellos hombres no parecían ser de la Familia Jaramillo.
—¡Maestro, él es quien ha matado a Juan! —señaló uno de los hombres a Jaime y dijo con furia.
A Jaime le quedó claro que los hombres que tenía delante eran de la Academia Puerta de Hierro. Reconoció que dos de ellos estaban con Juan cuando se encontraron por última vez.
—¿Y qué si no te respeto? ¡Siéntete libre de venir por mí y ganarte el respeto si puedes! Si no tienes la capacidad de hacerlo, ¡entonces lárgate! Odio a la gente a la que solo le gusta presumir. —Jaime se sintió molesto por la actitud poco razonable que mostraba el Maestro Hierro.
—Joven gamberro, ¿cómo te atreves a hablarme de forma tan irrespetuosa? —El Maestro Hierro estaba enfadado.
Dejó salir una poderosa ola de energía y la dirigió hacia Jaime. Mientras lo hacía, su cuerpo brilló con un resplandor dorado, convirtiéndose en una deslumbrante muestra de poder. Al instante, una salvaje ráfaga de viento levantó el polvo del camino, y todos sus discípulos se alejaron enseguida para ponerse a cubierto.
Jaime observó al Maestro Hierro con poco interés.
—En efecto, eres mejor que tus discípulos, pero, por desgracia, sigues estando muy por debajo de mi nivel.

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