Esta abrupta escena dejo a todos completamente estupefactos.
La cara de Blanca estaba llena de autorreproche. Julisa tenía los ojos muy abiertos. No podía creer todo lo que había sucedido ante ella.
Jaime también sintió que algo iba mal y, al instante, usó la Zancada Ardiente para regresar a toda velocidad. Sin embargo, era demasiado tarde. No podía salvar a las dos Doncellas Sagradas. Lo único que pudo hacer fue contemplar, con los ojos muy abiertos, cómo las doncellas sagradas eran destrozadas y caían por la grieta.
Una llamarada de ira se encendió en sus ojos.
—Blanca, ¿qué demonios está pasando? Exijo una explicación.
Jaime apretó los dientes, con una voz aterradoramente gélida. El cuerpo de Blanca tembló un poco mientras una mezcla de miedo y tristeza la recorría.
Dos doncellas sagradas habían perdido la vida por un descuido suyo.
Todas eran conscientes de que la región polar estaba plagada de peligros y podían perder la vida en cualquier momento.
Blanca se sintió muy culpable por haber perdido dos vidas debido a su propia orden imprudente.
—Yo... quería que recuperaran las piedras polares del otro lado, para que no tuviéramos que desviarnos. No sabía...
Blanca se vio incapaz de seguir hablando y derramó lágrimas de arrepentimiento.
—¿Hiciste oídos sordos a lo que acabo de decir? ¿No te dije que no cruzaran la grieta? —rugió Jaime.
Blanca lloraba sin cesar, rebosante de autorreproches.
Julisa se adelantó.
—¿Por qué gritas? Sólo queríamos tomar las piedras polares cuanto antes. ¿Quién iba a imaginar que ocurriría algo así? Nosotras tampoco lo queríamos. Yo obligué a Blanca a hacerlo. Todo es culpa mía. Puedes gritarme.
Jaime miró a Julisa, con los ojos llenos de rabia.
«Blanca definitivamente no desobedecería mis órdenes. Parece que en efecto es Julisa quien ha estado agitando las cosas».
—Así que fue idea tuya. ¿Por qué no recuperaste las piedras polares tú misma, entonces? Por tu ignorancia, dos doncellas sagradas perdieron la vida en vano. Sigue adelante por tu cuenta. Si mueres, no tendrás que responsabilizarte por nadie más. Apuesto a que no tienes las agallas. Todos los que estaban contigo están muertos, pero tú sigues viva. ¿Los abandonaste en el momento más crítico, salvando tu propio pellejo? No pienses que eres tan impresionante. Si no fuera por nosotros, ahora serías un cadáver.
VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El despertar del Dragón