Bernabé había sacrificado egoístamente los sentimientos de su hijo en aras de sus propias ambiciones.
Celis estaba abrumado por la emoción. De repente, se volvió hacia Jaime y se arrodilló.
Después de todo, Celis era un noble príncipe. ¡Era inconcebible que se arrodillara ante alguien con tanta facilidad!
Sin embargo, en ese momento, ¡Celis se arrodilló ante Jaime!
No se arrodilló porque Jaime le hubiera salvado la vida. ¡Para él, su propia vida no importaba!
Se arrodilló ante Jaime porque éste había facilitado su unión, permitiéndole estar con la mujer que amaba.
—Príncipe Celis, no debe…
Al ver la situación, Jaime se apresuró rápido a ayudar a Celis a levantarse.
Todos los presentes se llenaron de inmensa envidia al ver a Celis arrodillado ante Jaime. Si Jaime le hacía una pequeña petición en ese momento, ¡no cabía duda de que Bernabé accedería sin dudarlo!
En el futuro, estaba destinado a ser también un invitado de honor de Arnaea.
—Jovencito, salvaste a mi hijo. Te mereces su respeto. A partir de hoy, eres el invitado de honor de Arnaea. Siempre que decidas visitar Arnaea, eres libre de ir y venir del palacio como te plazca.
Cuando Bernabé terminó de hablar, entregó a Jaime una deslumbrante ficha dorada.
Cuando todos vieron la ficha, se pusieron verdes de envidia. Poseerla significaba que Jaime podía entrar y salir con libertad de Arnaea. Además, ¡significaba que tenía un poder inmenso!
Sin embargo, Jaime no tomó la ficha de inmediato. Esto se debía a que lo que Jaime realmente deseaba no era la ficha, sino el hueso del inmortal.
«¿Y si tomo la ficha y deciden no darme el hueso del inmortal?».
Bernabé se dio cuenta de la aprensión de Jaime y se rio.
—Jovencito, quédate con esta ficha. La recompensa que figura en la Lista de Búsqueda de Doctores seguirá siendo tuya. Sólo que ahora no tengo conmigo el hueso del inmortal. Tendré que ir a buscarlo.
Al escuchar las palabras de Bernabé, Jaime rio con torpeza mientras aceptaba la ficha.
—¡Tengo fe en el carácter de Su Majestad! —dijo Jaime riendo.

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