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El despertar del Dragón (Jaime Casas) romance Capítulo 4188

—Nunca se puede juzgar un libro por su portada. ¿Quién sabe lo que realmente están pensando? Debemos andarnos con cuidado —advirtió Violeta.

Miró ansiosa la cortina de luz que tenía delante, esperando que apareciera Jaime.

En ese momento, Jaime estaba absorto en todo lo que había dentro del Caldero Divino.

Los alrededores ya estaban envueltos en niebla. Dentro del Caldero Divino, una píldora cristalina se materializó, envuelta en una capa de niebla blanca.

—¿Qué clase de píldora es ésta? —Jaime sacó la píldora del Caldero Divino.

Después de juguetear con ella durante un rato, Jaime no pudo averiguar qué era esta píldora, ni para qué servía.

«Con razón no reconocí esas energías antes. Eran el resultado de esta píldora. El hecho de que pueda transformarse en corrientes de energía demuestra que esta píldora no es de bajo grado. ¿Podría ser la píldora creada por el legendario Dios de la Medicina? Tras la muerte del Dios de la Medicina, la píldora se transformó poco a poco en una potente energía», preguntó el Señor Demonio Bermellón.

«No estoy seguro, pero la energía que acabamos de sentir era en realidad la transformación de esta píldora. Si no fuera porque el Caldero Divino recoge estas energías y las refina de nuevo en una píldora, nunca habría imaginado que una píldora pudiera convertirse en energía, y mucho menos poseer alguna forma de conciencia», dijo Jaime con una gran emoción.

Jaime guardó la píldora. Como no tenía ni idea de lo que era ni de lo que podía hacer, no se atrevió a consumirla por descuido.

Era un alquimista consumado, muy hábil en medicina, e incluso se le podía considerar un alquimista superior. Sin embargo, nunca habría imaginado que un objeto inanimado como una píldora pudiera transformarse en energía e incluso poseer cierto nivel de conciencia.

De lo contrario, esas energías no habrían sabido evadirse al encontrarse con el Caldero Divino. El hecho de que se evadieran demostraba que poseían cierto nivel de conciencia.

Sigfrido empuñó su espada larga, listo para atacar en cualquier momento mientras la intención asesina llenaba de nuevo el aire.

En ese momento, el rostro de Violeta tenía un alarmante tono pálido.

—Ese chico ya debe estar muerto. No perdamos más tiempo. Me ocuparé de estos dos, luego daremos un rodeo y nos pondremos en marcha. —Viendo que el tiempo se agotaba y aún no había rastro de Jaime, Elvio decidió hacer su movimiento contra Violeta y Sigfrido.

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