—Señor Casas, esta gente debe haber sido llevada por la Secta Huesos Sangrientos para usarla en el cultivo. Pero están todos atrapados en el Conjunto Arcano. No sabemos qué hacer —se apresuró a explicar Tristán al ver a Jaime.
Jaime asintió. Luego, barrió con su mirada el Conjunto Arcano. Contenía un aura fría y siniestra que venía de todas direcciones. Todos los cultivadores que estaban dentro sufrieron su penetración.
«Parece que la Secta Huesos Sangrientos no sólo chupó sangre y royó huesos, sino que también tuvo a estos cultivadores viviendo durante un periodo con un aura tan escalofriante y siniestra. Una vez llenos de ella, ¡usarlos para cultivar tendría el doble de eficacia! Pero para estos cultivadores, ¡este método es más que brutal!».
—Este Conjunto Arcano es para infundir a los cultivadores una intención letal. Los de la Secta Huesos Sangrientos son realmente despiadados —divulgó Jaime, con las cejas fruncidas.
—Han ido demasiado lejos. Si nuestro maestro estuviera mirando desde los cielos, los despreciaría hasta la médula por caer tan bajo sólo por cultivar.
Al escuchar eso, Tristán se puso tan furioso que le salieron venas en la frente.
Aunque la Secta del Alma Demoníaca era también una Secta de Cultivo Demoníaco, nunca habían cometido ningún acto nefasto. Incluso otras sectas de Cultivo Demoníaco no eran nada comparadas con la Secta Huesos Sangrientos.
La Secta Huesos Sangrientos ni siquiera se contentaba con chupar sangre y roer huesos, yendo tan lejos como para colocar a los cultivadores en un ambiente lleno de intención letal, forzándoles a vivir en constante dolor y miedo cada día.
Semejante tormento podía llevarle a uno al borde del colapso e incluso de la locura, pero ésas eran precisamente las condiciones que la Secta Huesos Sangrientos explotaba.
Cuanto más petrificado y enloquecido estuviera un cultivador, más beneficiaba su cultivo.
—¡Ya era malo que esos b*stardos de la Secta Huesos Sangrientos mataran para cultivar, pero es que además usaban un método tan perverso! ¡Esto es una montaña entera de restos óseos! ¿Quién sabe cuántos cultivadores murieron en tal terror y dolor? Simplemente matarlos fue demasiado misericordioso. Deberían haber sufrido y expirado en agonía —gruñó Nieve, hirviendo de rabia.
Mientras tanto, Tristán mostraba una expresión de autorreproche, pues todas aquellas atrocidades habían sido cometidas por sus compañeros aprendices. Nunca había imaginado que los compañeros con los que se había entrenado durante tantos años resultarían ser demonios.

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