—Confía en él, Ingrid. Él va a hacerse cargo de esto —la interrumpió Josefina y le tomó la mano.
Ingrid guardó silencio, ella ya no quiso seguir insistiendo, pues se había dado por vencida.
Para cuando Elena regresó, el cielo estaba comenzando a oscurecer.
—Jaime, espero que estés hambriento —comentó ella—. Nos dirigimos a casa de la Tía Sara. ¡El prometido de Ingrid comprará la cena!
—¿El Perro? —preguntó Jaime de inmediato.
Elena se sorprendió por la audacia de su hijo, pero se recuperó con rapidez.
—Damián no es el mismo niño que solía ser —le advirtió—: Ahora es un hombre poderoso e importante. No lo llames así cuando lo veas, sería grosero de tu parte.
—¿Y cómo se supone que le llame? Cuando lo vea, voy a…
—Tía Elena —interrumpió Ingrid—. Por favor, avísale a mi madre que no tardaremos.
—Entonces, los veré a todos ahí. Por favor, dense prisa. No debemos hacerle esperar —comentó Elena.
Sin decir más, ella se dio la vuelta y se marchó.
Tan pronto como su tía desapareció, al dar la vuelta en la curva del camino, Ingrid volteó para encarar a Jaime.
—Ninguno de ellos sabe nada acerca de esto, sobre todo mis padres. Les dije a ellos, que esto era de manera voluntaria, para que no se preocuparan.
Jaime admiró la madurez de su prima, mientras la miraba con tristeza.
—No te preocupes Ingrid —la consoló acariciando su cabello—. Ahora que estoy aquí, nadie te obligará jamás a hacer algo que tú no quieras.
Cuando todos estuvieron listos, Jaime condujo hacia la casa de Ingrid. Cuando ellos llegaron, un Toyota estaba ocupando la mitad del camino de forma desagradable. Recargado en el cofre, estaba un hombre con un collar de oro alrededor de su cuello y varios anillos del mismo material en sus dedos. En sus labios había un cigarrillo, mientras entablaba una animada conversación con los padres de Jaime e Ingrid.
A pesar de los años que habían pasado, desde que estuvieron en la escuela juntos, Jaime reconoció al Perro con una sola mirada y sus ojos brillaron amenazadores.
Mientras ellos descendían del Mercedes, el Perro se dio la vuelta para mirar al resto y sonrió al ver a Jaime:
—Esta es Josefina, la novia de Jaime. —Temerosa de sufrir su ira, Ingrid se apresuró a romper el incómodo silencio haciendo la presentación.
El Perro no estaba ofendido. Más bien, dejó escapar una sonrisa, mientras palmeaba con la mano el hombro de Jaime.
—Nada mal, te las arreglaste para conseguir una joven rica y sexy, tan pronto como saliste de prisión.
Perro, no se molestó en mantener la voz baja. Como resultado, las personas que iban pasando, miraron con curiosidad a Jaime.
—Debemos continuar —dijo a prisa Ingrid, mientras se aferraba al brazo de Jaime, ansiosa por evitar la posibilidad de que ambos hombres comenzaran a pelear en medio de la calle—. ¡El restaurante se quedará sin mesas disponibles si llegamos tarde!
—¡Imposible! Siempre hay una mesa disponible en cualquier restaurante de Puerto Gaviota, cuando quiero cenar.
Sujetando con fuerza la mano de la joven, el Perro la arrastró hacia su auto. A pesar de haber sido separada a la fuerza de su primo, ella no dejó de hacerle señales desesperadas a Jaime con los ojos, como si le rogara que no perdiera el temple.
El grupo de personas llegaron muy pronto al centro de la ciudad, apenas reconocible, después de los acontecimientos que sucedieron dos años atrás. Comparado a antes, había muchos restaurantes nuevos en ambos lados de la calle. Perro llevó al grupo a uno de los más grandes restaurantes de la cuadra, el cual tenía cinco pisos.

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