Jaime sonrió de forma natural.
—Este lugar no tendría lo que yo quiero.
—¿A qué te refieres? ¡Este es el restaurante más grande en Puerto Gaviota! Incluso, ¡tiene el más raro Sauvignon Blanc si lo deseas! ¿Qué es lo que quieres?
—No soy aficionado al vino blanco —dijo Jaime con una mirada despectiva hacia la lista de vinos—. Yo solo bebo Romanée-Conti o nada más.
El Perro frunció el ceño.
—¿Qué demonios es eso?
Pese a no quererlo, Josefina se rio ante la expresión del Perro. Jaime, por su parte, permaneció en silencio con una sonrisa enigmática, como si esperara la respuesta del Perro.
Todavía frunciendo el ceño, este último volteó hacia el camarero a su lado.
—¿Cuál es ese vino que él mencionó? ¿Tienes alguno a la mano?
El camarero negó con la cabeza.
—Nosotros no tenemos vino tinto aquí.
—Entonces, es una botella de tinto, ¿no? ¿Qué clase de persona bebería esa clase de basura? —dijo con desprecio antes de voltear una vez más hacia el camarero—. Sal y encuéntralo. Compra algunas botellas.
Mientras hablaba, Perro sacó un fajo de billetes de su cartera y lo dejó caer sobre la mesa de golpe. El camarero solo vio el dinero y esperó.
—¿No me escuchaste? —Perro estaba furioso—. ¡Te dije que salieras y compraras algo de vino!
—Suficiente. —Jaime sintió la necesidad de intervenir—. Este vino no está disponible en Puerto Gaviota. Y el camarero tiene razón. Una sola botella de Romanée-Conti cuesta trescientos mil.
—¡Qué! ¿Trescientos mil? —vociferó el Perro, atónito—. ¿Tú bebes una botella de vino que cuesta tanto? ¿Con qué dinero? Todos saben que apenas acabas de salir de prisión. ¿Piensas que alquilar un Mercedes y contratar a una escort te hace lucir rico? Si no fueras el primo de Ingrid, Ya te hubiera echado a patadas de Puerto Gaviota.
—Tranquilízate Jaime. —Sara se levantó y lo miró—. Nadie quiere hacerte sentir mal por ser un exconvicto. Todos somos familia, no hay necesidad de actuar tan duro en frente de nosotros. Necesitas ser más realista y establecerte con un trabajo honesto, en lugar de alardear con beber vino caro. De cualquier forma, ¿de qué tonterías estás hablando? No hay un vino en el mundo que valga tanto. No seas ridículo.
—Suficiente, Jaime. Tu tía tiene razón —dijo Elena con una mirada severa, al ver el disgusto de su hermana.
—Necesitas mantener vigilado a Jaime, Elena —suspiró Sara—. Te ayudé a criar a mi sobrino. Lo conozco, y no hay nada que pueda ocultar de mí. Este no es él. La prisión lo hizo perder su camino. Ahora, que al fin ha salido, debemos esforzarnos para que no regrese ahí.
»Ya que, en la actualidad, el desarrollo de nuestra ciudad está en auge, por el cambio que se avecina necesitará de hombres fuertes y buenos como él. Haz entrar en razón a Jaime. Ayúdalo a encontrar un trabajo honesto, a que se case con una buena mujer y que crie un hijo. No es demasiado tarde, para guiarlo hacia una vida honesta.
—Hablaremos de esto más tarde —dijo Elena con brusquedad, cansada ya de la conversación—. ¿Todos saben lo que van a pedir? Vamos a llamar al camarero.
Poco después, la mesa crujió al soportar el peso de todos los platillos y varias botellas de vino blanco. Perro se comportó de manera ostentosa, mientras esperaba a que los otros levantaran sus copas de vino hacia él, pretendiendo estar encantados cada vez que hacían un brindis.
—A propósito, Perro —dijo Sara de pronto—. ¿Quién es ese Señor Chavarría?

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