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El despertar del Dragón romance Capítulo 476

Jaime sonrió para sí mismo. Las tres familias más prominentes sin duda mantienen en secreto la situación, sobre todo cuando se trata de esto. De lo contrario, otros podrían querer una parte también.

Ahora Jaime sabía por qué habían aparecido de repente tantos Grandes Maestros en Salinsburgo. Las tres familias más prominentes debían estar reuniendo sus fuerzas.

Para que los artistas marciales alcanzaran el nivel de Gran Maestro, debían gastar enormes sumas de dinero para comprar medicina espiritual como suplemento.

A menos que vinieran de familias adineradas, sería muy difícil para ellos lograr un avance.

Por ello, varios artistas marciales no tenían más remedio que trabajar como guardias para otros. A medida que sus habilidades aumentaban, también se les pagaba más. Algunas familias empresarias contrataban a artistas marciales de alto nivel para proteger a los miembros de su familia o sus propiedades. Este tipo de acuerdo satisfacía las necesidades de todas las partes implicadas.

Las tres familias más importantes debían de ofrecer incentivos muy atractivos para que tantos Grandes Maestros vinieran corriendo a Salinsburgo.

Justo cuando Jaime y Dorian estaban comiendo, se escuchó una conmoción. Levantaron la vista y vieron a una chica vestida con una bata que llevaba unas enormes gafas de sol que le cubrían la mitad de la cara. Tan solo se veían su barbilla puntiaguda y su pequeña boca.

Detrás de ella había cuatro guardaespaldas vestidos de traje. En cuanto entraron, examinaron el lugar. Los cuatro parecían serios y dispuestos a luchar.

A Dorian se le iluminaron los ojos y estuvo a punto de babear.

—¡Caramba! ¿Es la superestrella, Teresa?

Jaime la miró y pareció encantado por un momento. El vestido que llevaba resaltaba una buena proporción del cuerpo, en particular, su esbelta cintura. Sus hermosos pies estaban adornados con un par de tacones. Parecía que acababa de salir de un cuadro.

Uno de sus guardaespaldas gritó:

—¡Mesero, llévenos a un salón privado!

—Lo siento, todos están ocupados. Solo hay mesas disponibles aquí en el salón principal —se disculpó.

El rostro del guardaespaldas se volvió frío y lo miró.

Jaime murmuró:

—Parece que los Salas no son una familia común y corriente.

Todos los guardaespaldas llevaban armas en los bolsillos. Un arma así estaba prohibida en el país. Se permitía practicar artes marciales, pero poseer un arma automática era una historia muy diferente. Era casi imposible que alguien tuviera en sus manos un arma así.

Las armas funcionaban contra los artistas marciales normales. Sin embargo, serían inútiles cuando se enfrentaran a un peleador de nivel Gran Maestro. Contra Jaime, un arma no sería diferente de un pedazo de basura de metal.

Dorian explicó:

—El jefe de los Salas es Joaquín. Solía ser el jefe de una famosa empresa de entretenimiento y tenía toneladas de celebridades a su cargo. A la empresa le iba muy bien. Tiempo después, atraparon a uno de sus famosos cometiendo algunos delitos que afectaron a la empresa. Cuando las piedras Jicoria se pusieron de moda, Joaquín volvió a su casa y abrió una mina. Ahora, su hija se convirtió en una superestrella muy famosa.

Jaime miró a Teresa mientras comía. Sin embargo, a la mujer no parecían importarle las miradas de los curiosos. Lo único que le interesaba era su comida. Al parecer, debía ser el centro de atención todos los días y se había acostumbrado a ello.

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