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El despertar del Dragón (Jaime Casas) romance Capítulo 5038

—Es una cultivadora. No comer no la matará, así que no hay necesidad de hacer un alboroto —dijo Nirobu.

Los cultivadores rara vez se enfrentaban a la amenaza de morir de hambre, ya que no requerían alimentarse de la misma manera que la gente común. Sin embargo, Jaime intervino diciendo:

—He sellado sus meridianos. Ahora es una persona normal. Si no come, no durará mucho.

—Iré a ver lo que realmente quiere —Jaime se dio la vuelta y se dirigió a la mazmorra.

—Jaime, tal vez debería ir en su lugar y darle de comer un poco de avena… —Forero soltó una risita.

Jaime desvió la mirada y se fue sin decir una palabra. Jaelín, la hija de Baton había sido su herramienta para controlar a Baton. Sin embargo, con el creciente poder de Jaime, que le permitía someter a la Octava Sala con facilidad, la importancia de Jaelín disminuía.

Tras superar varias formaciones protectoras, Jaime llegó a la mazmorra donde Jaelín estaba cautiva. Aún llevaba su ajustado atuendo, pero su cabello estaba desordenado y su rostro, demacrado. Al verlo, la furia encendió sus ojos; si Jaime no la hubiera capturado y sellado sus meridianos, nunca habría caído en un estado tan deplorable.

—O me dejas ir o me matas —dijo rotundamente—. Pero te sugiero que me mates. Porque si alguna vez me libero, te daré caza cueste lo que cueste —Su mirada ardía de rabia mientras hablaba.

—Incluso si te dejo ir, no puedes tocarme. Tu padre ya ha perdido contra mí. ¿Qué te hace pensar que puedes vencerme? —Jaime respondió con una sonrisa calmada.

Jaelín se quedó en silencio. Sabía que no se equivocaba.

—Entonces me moriré de hambre. Como celestial, prefiero morir a ser tu prisionera —dijo convencida.

—¡Maestros del autoengaño! Eso es lo que son ustedes, los celestiales. Se hacen llamar celestiales, pero son parte de la raza humana y se convencen a sí mismos de que están por encima de los demás. ¿No les parece ridículo? —dijo Jaime con voz cargada de desdén.

—¡Cómo te atreves a calumniar a los celestiales! Eso es imperdonable… —espetó Jaelín—. Somos seres mucho más nobles, ¡diez mil veces superiores a la raza humana! ¿Cómo pueden meternos en el mismo saco que los humildes humanos?

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