De la nada, una voz fría resonó en el aire.
—¿Quién se atreve a invadir la base de la Secta Medialuna?
Tras la voz, tres ancianos salieron de las sombras. Sus auras únicas los distinguían unos de otros.
—¡Lisandro! —Elías gritó.
—¿Elías? —Lisandro jadeó conmocionado— ¿No se supone que estás muerto?
—Antes, Fabián afirmó que había muerto. Además, yo también vi al parásito muerto con mis propios ojos ¿Cómo es que estás aquí?
—Lisandro, yo no he muerto. Deja que te explique... —Elías se interrumpió mientras corría hacia Lisandro.
Temiendo que Elías estuviera planeando engañarlo, Jaime lo siguió de cerca. Se detuvo a pocos centímetros de Elías.
«Como intente algo raro, lo mato de un golpe».
Cuando Jaime siguió a Elías, los tres ancianos lo vieron al instante.
—¡Jaime Casas! —De inmediato, los ancianos se pusieron en posición de combate.
—¡Lisandro, Luciano, Gaspar, no lo ataquen! Dejen que les explique —A toda prisa, Elías se movió para bloquear el camino del trío.
—Lisandro, no he muerto. El Señor Casas extrajo el parásito de mi cuerpo. Murió en el momento en que entró en contacto con el sol. Por lo tanto, el parásito en la vasija de arcilla de Fabián también pereció —explicó.
A pesar de su explicación, Lisandro seguía sin estar convencido.
—¿Cómo es posible? El parásito lleva años alimentándose de nosotros. Se ha fusionado con nosotros en una sola entidad ¿Cómo se las arregló para forzarlo a salir?
—Supongo que podrías verlo así.
—¿Qué otra opción tienes sino escucharme? No puedo creer que te creas tan digno como para amenazarme —De manera casual, Jaime agitó la mano.
De repente, Gaspar perdió todo el control de su cuerpo mientras sus piernas lo impulsaban hacia Jaime. Sin previo aviso, Jaime agarró la garganta de Gaspar con un apretón de hierro.
Este repentino giro de los acontecimientos dejó a todos conmocionados. Entre todos ellos, Gaspar fue el más afectado. Después de todo, ni siquiera tuvo tiempo de reaccionar antes de encontrarse atrapado en las garras de Jaime.
—¡Señor Casas, por favor, cálmese! —gritó Elías mientras intentaba detener a Jaime.
—Jaime, ¿qué crees que estás haciendo? Suelta a Gaspar. —Lisandro y Luciano rugieron al unísono mientras desenfundaban sus armas.
Antes, ni siquiera pudieron reaccionar ante la asombrosa velocidad de Jaime. Este repentino ataque demostró la enorme diferencia entre su destreza y la de Jaime.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El despertar del Dragón