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El despertar del Dragón (Jaime Casas) romance Capítulo 5420

Trarum se hallaba acorralado por un círculo de almas demoníacas que se estrechaba sin cesar. El brillo dorado de su energía espiritual primordial, que una vez fue un faro deslumbrante, ahora titilaba débilmente, como una vela a punto de apagarse en medio de una tempestad. Cada golpe que lanzaba se sentía pesado, como si el aire circundante se hubiera vuelto plomo, y cada movimiento estaba lastrado por grilletes invisibles que drenaban su fuerza.

A su lado, el Rey Mitad Bestia Imorn jadeaba con dificultad y apenas se sostenía. El titán estaba marcado por profundos cortes en su peluda piel, y el cansancio hacía que sus ojos se vieran vidriosos. Solo una férrea voluntad mantenía al monarca en pie: su juramento inquebrantable de luchar hasta su último aliento.

—¡No podemos aguantar más! —gritó el cultivador de la raza bestia, con la voz quebrada por el terror.

Tiró su hacha de guerra al suelo ensangrentado, se dio la vuelta y corrió hacia la retaguardia, su armadura crujiendo como hojalata frágil.

Su huida desató el pánico. Aquel único desertor se convirtió en la chispa que encendió un infierno de terror en todas las filas.

Uno tras otro, los cultivadores rompieron la formación. El campo de batalla se transformó en una estampida de desesperación, donde la necesidad frenética de vivir un instante más, y no el honor, gobernaba cada mente.

—¡Mantengan sus posiciones, maldita sea, manténganlas! ¡Todavía tenemos una oportunidad! —La garganta de Raly se tensó hasta quedar en carne viva mientras gritaba, pero incluso él estaba enredado en un enjambre de almas demoníacas, y sus golpes de lanza se hacían más lentos con cada latido.

Raly, in lazos por la marea espectral, miraba sin poder hacer nada cómo los hombres bajo su mando se desbandaban como bandadas de pájaros en una tempestad.

La defensa colapsó. El Ejército de Almas Demoníacas irrumpió, una oleada oscura que se estrelló contra una resistencia desmembrada. Los alaridos rasgaban el humo mientras más cuerpos caían, transformando el terreno en un fango carmesí.

En el centro de la matanza, Aurelius sentía la desesperación arañarle el pecho. Si la derrota persistía, todos allí perecerían, y el nivel seis sería engullido por el azote demoníaco.

«El Manual de Rituales… quizá sea la última luz que nos queda».

La determinación endureció su mirada. De entre los pliegues de su raída túnica, extrajo un pequeño cofre dorado, adornado con runas intrincadas. Una luz débil pero sagrada se filtraba por las junturas, señalando el lugar de reposo del Manual de Rituales.

—¡Devorador de Almas! Esto es lo que deseas, ¿verdad? ¡Entonces ven a tomarlo! —rugió Aurelius, elevando el cofre para que su voz rompiera el caos.

Las palabras actuaron como un toque de campana, silenciando de inmediato el campo de batalla. Todas las miradas convergieron en el cofre dorado que sostenía.

—¡Lánzalo aquí, mortal, o te quitaré la vida ahora mismo! —siseó el Devorador de Almas, la codicia brillando en el vacío de sus cuencas oculares.

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