—¡Ay! ¡Suéltame! —gritó Lorenzo.
Ana regañó a Jaime:
—¡Suéltalo de una vez, pueblerino!
Jaime se dio la vuelta y se quedó mirando a Ana. Ella se calló de inmediato ante la mirada amenazante de Jaime.
Después de eso, soltó el agarre de Lorenzo. Si hubiera usado más fuerza, el brazo del tipo se habría roto.
Al ver eso, Ana se levantó a toda prisa y masajeó el brazo de Lorenzo.
—¡Cómo te atreves, bribón! A ver qué pasa cuando lleguemos a Ciudad Higuera. —Lorenzo lanzó una amenaza a Jaime, pero no se atrevió a cambiar de asiento con él de nuevo.
Preocupada, Ana preguntó:
—¿Estás bien, Lorenzo?
—Estoy bien. Es que no esperaba que ese pueblerino fuera tan fuerte. Ya se dará cuenta de que no debería haberse cruzado conmigo cuando bajemos del avión —se burló Lorenzo.
Pronto, el avión aterrizó en el aeropuerto de Ciudad Higuera después de tres horas de vuelo.
Como Jaime no llevaba equipaje a bordo, se levantó y salió del avión nada más aterrizar. La joven pareja le siguió de cerca.
—Le mandé un mensaje a Tomás. Tengo que asegurarme de que la pierna de este bribón se rompa hoy. —Mirando la espalda de Jaime, Lorenzo apretó los dientes y maldijo.
—¿Y las entradas? —preguntó Ana.
—No te preocupes. Conseguiré los asientos de las primeras veinte filas —prometió Lorenzo.
—¡Eso es maravilloso, Lorenzo! ¡Te quiero! —exclamó Ana mientras plantaba un beso en la mejilla de Lorenzo.
Jaime vio a Tomás esperándole a la salida del aeropuerto. Le había mandado un mensaje a Tomás diciéndole que llegaría a Ciudad Higuera antes de que saliera el avión.
—Señor Casas.
Tomás se apresuró a avanzar en cuanto vio a Jaime.
Jaime miró a Tomás y asintió un poco.
—No te preocupes. No puede ir tan lejos. Mientras esté en Ciudad Higuera, lo encontraré.
Tras sacar su teléfono, Lorenzo miró una foto en su galería y empezó a buscar a alguien en la salida del aeropuerto. El hombre de la foto no era otro que Tomás.
Pronto, Lorenzo encontró a Tomás y corrió hacia él con Ana siguiéndole.
—Tío Tomás, soy Lorenzo.
Lorenzo se presentó a Tomás con prisa. Aunque no vio a Jaime, que ya estaba sentado en el auto, Ana lo vio enseguida. Al mismo tiempo, la mitad de la cara de Jaime quedó al descubierto al bajar la ventanilla del auto.
—¡Lorenzo, es él! ¡Es el tipo! —Señalando a Jaime, Ana exclamó a Lorenzo.
Lorenzo se volvió hacia la dirección que señalaba Ana y vio a Jaime. Mirándolo con fijeza, dijo:
—¡Tío Tomás, este era el tipo que me intimidaba en el avión! Mira mi brazo, todavía está hinchado. —Lorenzo mostró de inmediato su brazo a Tomás.
—¿No eres una especie de pez gordo, bribón? A ver qué pasa ahora... —Ana sonrió con sorna.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El despertar del Dragón