De vuelta en el salón de la Secta Empírea, el plazo de una hora se había agotado.
Ubaldo aún no había aparecido, lo que significaba que no había encontrado a Jaime.
«¡Jaime, imbécil! ¡Te voy a matar cuando te vea!».
La furia estaba escrita en la cara de Lilia.
—Ya pasó una hora. ¿Aún no ha llegado Rey Venenoso? —Carlos entró.
—Seguramente ya está en camino. Todavía estamos esperando... —trató de explicar.
—¿Crees que soy un idiota? ¿A qué distancia está Ciudad Maple de la Secta Empírea? Basándose en sus habilidades de Gran Maestro Superior, solo les llevaría media hora hacer un viaje completo de ida y vuelta. Ha pasado una hora, y Rey Venenoso aún no ha llegado. Significa que no vendrá. Deberíamos proceder con la boda ahora. —Sonrió.
Ella permaneció en silencio mientras se mordía los labios sintiéndose ansiosa.
—Está bien, no me obligues a moverte. Ponte el velo para que podamos seguir —ordenó con un tono algo molesto ya que ella no decía nada.
—Señor Saldaña, vamos a...
—¿No dije que no voy a esperar más? ¿Estás sorda? —Su mirada estaba dirigida a ella mientras rugía.
Era imposible para ella alargarlo más. Lo sabía y por eso dijo:
—Nunca me casaré contigo, Carlos. Si me quieres, lo único que tendrás es mi cadáver. —A continuación, apuntó la daga a su cuello y le dio un tajo.
En el momento en que la vio, se acercó y le golpeó el hombro con la palma de la mano para quitarse el puñal de encima.
Los miembros de Ciudad Maple sacaron sus armas y se prepararon para luchar, pero pronto los sometieron los de la Secta Empírea.
Carlos restringió el movimiento de Lilia y habló en tono divertido.
—No vas a morir tan fácil, no hasta que termine de usarte. No me importa si vives o mueres después de eso. —La jaló hacia el dormitorio.



VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El despertar del Dragón