Después de que aquellos jóvenes salieran de ese lugar, acompañados de algunas mujeres maduras, al parecer sus madres, Jaime vislumbró varias caras conocidas; entre la multitud se encontraban Lucio y su hijo, Jacobo, de la Familia Gálvez en Cuenca Veraniega, una de las ciudades más importantes de Jazona. En ese lugar también pudo reconocer a Leonel, el encargado del Gimnasio Puño Extremo, junto con sus discípulos, Lino y Facundo, de Ciudad Refugio, así como Sergio, el líder del Palacio Herbal. Tan pronto Jaime se les acercó, el grupo de hombres comenzó a charlar en tono alegre y aunque algunos, como Jacobo, Lino y Facundo, no podían dirigirle la palabra a Jaime, por no tener la suficiente experiencia, disfrutaron de la emocionante conversación. Tras una breve pausa, se escuchó la voz de Jacobo al decir, emocionado:
—¡Estoy seguro de que el Señor Casas se convertirá algún día en el mejor artista de las artes marciales!
Ante sus palabras, Lino y Facundo hicieron un pequeño gesto con la cabeza, pues sabían acerca de las impresionantes habilidades de Jaime; si bien Jaime poseía el título de Gran Maestro desde la última reunión de artistas de las artes marciales, había logrado aumentar bastante su nivel desde su victoria contra un Gran Maestro de las Artes Marciales.
Entonces, Tomás, quien se encontraba al lado de su maestro, se unió a la conversación, pues el joven también había conseguido elevarse en la jerarquía; ante las cálidas palabras de todos esos grandiosos guerreros, no pudo evitar sentirse emocionada, en especial, después de ser un completo desconocido de Ciudad Higuera.
Tras darle una pequeña palmada en el hombro a su discípulo, Jaime prosiguió a saludar a cada uno de los hombres, incluso a los jóvenes. En ese momento, Lino y Facundo no pudieron evitar sentirse un poco avergonzados al recordar su primer encuentro con Jaime, pues ambos lo habían ofendido durante una batalla; sin embargo, Jaime se limitó a esbozar una hermosa sonrisa al mirarlos. Tan solo un momento después, Jacobo apareció a su lado y al advertir su presencia, Jaime dijo, con voz enérgica:


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