—¿Quién eres? ¿Por qué no tienes miedo de mi Espada Maligna?
En realidad, Conrado no podía averiguar si Jaime era un Cultivador Demoniaco ya que el hombre no tenía miedo de su Espada Maligna.
—¿Por qué debería tener miedo? —preguntó Jaime.
Conrado miró a Jaime, apretando los dientes con tanta fuerza que se escuchaba el crujido. Al parecer, tomó una decisión de algún tipo. Sin previo aviso, lanzó varias ráfagas de energía de su espada. Agarrando la espada en su mano, dio un grito bajo antes de cortarla con fuerza en la palma de la mano.
—¡Con la sangre de los justos, que el mal sea desterrado! ¡Arde! —gritó.
En un instante, las llamas se encendieron en la Espada Maligna. El fuego era algo extraño, ya que era de color verde esmeralda, muy parecido al Magmis. Con el impulso de la sangre de Conrado, el fuego ardía con fuerza. Un olor a cobre emanaba de la Espada Maligna sin cesar.
¡Ras!
Conrado volvió a blandir la Espada Maligna en su mano. En un abrir y cerrar de ojos, tres bolas de fuego verde esmeralda impregnadas de energía volaron hacia Jaime para rodearlo.
—¡Cuidado, Jaime! Eso es Magmis. ¡Solo un toque de él quemará a alguien vivo sin posibilidades de sobrevivir! —advirtió Lilia con urgencia al ver aquello.
Jaime también conocía la rareza de esas llamas, pero nunca había esperado que Conrado utilizara Magmis. Después de todo, era demasiado peligroso y se volvería contra él al menor descuido.
«¡No esperaba que utilizara un método tan cruel solo porque no puede derrotarme!».
—Todos, retrocedan —ordenó.

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