—Oh, no me miren de esa manera. Me están asustando.
La mirada lasciva y audaz de Sabino hizo que los sentidos de Josefina se agudizaran. Entonces, él trató de sujetar su rostro, como si hubiera olvidado como lo había golpeado antes en la playa.
—Si aún quieres que tus manos permanezcan pegadas a tus brazos, te sugiero que te largues en este momento —le dijo con frialdad Josefina a Sabino.
Él se detuvo, dejando su mano a medio camino, entonces sonrió.
—Eres una mujer muy obstinada. ¿Ves a esto hombres detrás de mí? Será mejor que te calles, o les quitaré toda la ropa y las arrojaré a la calle. Vamos a ver si eso te gusta.
Él movió su mano al frente y retrocedió; en realidad estaba preocupado de que Josefina lo golpeara. A su señal, sus lacayos rodearon a las jóvenes.
Todos los huéspedes en el segundo piso abrieron sus puertas, y miraron como se desarrollaba toda la escena frente a ellos. Muchos de estos iban a viajar a la Isla del Dragón al siguiente día. No había ninguno más débil que un Gran Maestro entre todos ellos, así que a ninguno le asustaba Sabino.
—¡Ey! ¿Necesitan ayuda? Duerman conmigo una noche y patearé los traseros de esos idiotas por ustedes. Incluso puedo hacerlo con una mano atada a mi espalda. —Un hombre con una barba gruesa salió y las miró con malicia.
—¿Una mano? Yo puedo hacer lo mismo con un solo dedo. Todo lo que tienen que hacer es tomar algunos tragos conmigo —agregó un hombre frágil parecido a un ratón.
—Solo pídanlo, y mandaremos a estos idiotas al infierno.
—Sí, todo lo que queremos es que nos den un poco de su tiempo.



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