Durante su camino de vuelta a la Secta del Dios de la Medicina, Jaime se dispuso a meditar:
«Es evidente que Leviatán se encuentra en una situación muy delicada; de hecho, gracias a su capacidad para conservar su Energía Marcial pudo mantener el latido de su corazón. De otra manera, dudo que hubiera sobrevivido después de todo este tiempo; debo apresurarme para cultivar una Pastilla de Rejuvenecimiento, antes de que sea demasiado tarde».
Ante esa desconcertante idea, dejó escapar un enorme suspiro, exhausto, al tiempo que continuaba en su reflexión:
«Después de todo, sé a la perfección acerca de las maravillosas propiedades de estos suplementos, pues recuerdo que cuando Lilia sufrió aquellas heridas mortales, fue la única solución para traerla de regreso al reino de los vivos; como Tomás y Fénix no corren peligro, su pócima tendrá que aguardar».
El hombre parecía absorto en sus pensamientos, por lo que no pudo evitar sobresaltarse al notar que había alcanzado los límites de aquel bosque, dónde se encontraba la guarida de la Secta del Dios de la Medicina; entonces, un silencio sepulcral inundó la atmósfera, al tiempo que el apuesto hombre recorría el lugar con la mirada. De pronto, sintió un escalofrío recorrerle todo el cuerpo y tras una breve pausa, se apresuró a anunciar en tono enérgico:
—Debo confesar que me sorprende su habilidad para seguirme durante tanto tiempo, sin ser detectados; pocos guerreros son capaces de hacerlo, así que deben sentirse muy orgullosos. Sin embargo, creo que es momento de que abandonen su escondite entre las sombras.
Casi de inmediato, se escuchó una terrible voz al responder, entre los espesos árboles a su alrededor:
—Bueno, supongo que has podido detectar nuestra presencia, gracias a toda la energía dragoniana que lograste consumir. —Al terminar de hablar, cinco musculosas figuras aparecieron para rodear a Jaime; al vislumbrarlos, pudo reconocer a uno de los Grandes Maestros de las Artes Marciales, pues se trataba de Cristóbal Salgado, cuya voz resonó llena de crueldad al expresar, triunfante—: ¡Nos volvemos a encontrar, Jaime Casas! —Al terminar de emitir esas palabras, dejó escapar una estrepitosa carcajada.
Mientras observaba su patética reacción, Jaime no pudo evitar recapacitar, curioso:


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