—No eres más que un Gran Maestro Superior, ¿y te atreves a inscribirte en la competición? No sé si eres atrevido o tan solo... —Ana negó con la cabeza a Jaime antes de dirigirse a un hombre bien dotado que estaba detrás de ella—. Andrés, si por casualidad te toca con Jaime, acuérdate de no ser muy duro con él porque no quiero que se haga daño. Después de todo, estoy segura de que al Señor Laiva le gustaría mantener una relación amistosa con Cananea.
—No se preocupe, princesa Ana. Si tiene la desgracia de tenerme como contrincante, le prometo que no le pondré ni un dedo encima —se burló Andrés.
—¡Cuidado con lo que dices! —advirtió Ana con severidad.
Aunque Andrés decidió mantener la boca cerrada después de eso, todavía había desprecio en sus ojos porque estaba convencido de que Jaime, un hombre mucho más bajo que él, era cualquier cosa menos un digno contrincante.
Sin embargo, a Jaime no le importó la conversación de ambos, pues tenía confianza en sí mismo y creía que la acción hablaba más que las palabras. De repente, Jaime se vio envuelto en el sentido espiritual de alguien, así que siguió el rastro de la energía y se fijó en un hombre vestido con «ropa tradicional» no muy lejos.
El hombre tenía una larga espada en la mano y miraba con atención a Jaime.
—Señor Casas, ese es el Santo de la Espada de Jetroina, Ignacio Gayoso —le presentó Teodoro a Jaime.
Después de evaluar a Jaime, Ignacio retiró su sentido espiritual y miró con indiferencia. Al instante perdió el interés por Jaime porque intuyó que el poder de aquel hombre era solo el de un Gran Maestro Superior.
—Andrés, ¿crees que puedes ganar si tu oponente es Ignacio?
—Princesa Ana, Ignacio no tiene más que su agilidad y su habilidad con la espada. Es imposible que me supere, ya que soy impenetrable —respondió Andrés con orgullo.



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