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El despertar del Dragón (Jaime Casas) romance Capítulo 979

Jaime no dijo nada al respecto y siguió avanzando a tientas. Todos fueron muy cuidadosos. Después de todo, podrían activar una trampa si se descuidaban.

Edgar los seguía por detrás. Mientras miraba a Heliodoro y a Jaime, su expresión se volvió malévola. Aunque sin duda podrían derrotar a Jaime, calculaba que sus posibilidades de victoria serían menores si Heliodoro y sus dos Grandes Maestros de Artes Marciales de Séptimo Nivel se unían a la contienda.

—¡Maldita sea! ¡Heliodoro, ese maldito! Sin duda le daré una dura lección después del Torneo —gruño Edgar con los dientes apretados.

—Señor Edgar, no podemos atacar a Jaime tan fácil ahora. No hay nadie más aquí. Si quieren matarnos, no será tan fácil enfrentarse a ellos —le recordó Giovanni a Edgar.

Si Edgar insistía en atacar a Jaime, este podría llegar a tener la intención de matar. Como Heliodoro también estaba allí, podrían morir allí. Además, no había otras familias presentes. Una vez finalizado el Torneo, nadie podría refutar la afirmación de que habían muerto tras activar una trampa.

—¡Lo sé! —dijo Edgar tras lanzar una mirada a Giovanni.

Giovanni bajó la cabeza y guardó silencio. Sin embargo, un destello frío brilló en sus ojos.

Al otro lado, Negro, Humberto y las demás familias caminaban en dirección al túnel de la derecha. Como Negro iba justo delante, el resto se sintió bastante aliviado.

De repente, Negro se congeló en su camino. Sintió un aura de extrema violencia en el túnel y escuchó algunos zumbidos.

—¿Escucharon algo? —Negro se volvió y preguntó a los discípulos de la familia Herrada.

—Oigo zumbidos, como de avispas volando —respondieron los discípulos.

—¡Maldición! ¡Regresen! ¡Regresen ahora! —gritó Negro con ansiedad mientras su expresión cambiaba de forma drástica.

Retrocedió con rapidez. Aunque Humberto y el resto estaban confundidos, también se retiraron a toda prisa.

Después de todo, nadie sabía lo que estaba pasando. Si Negro estaba gritando tan preocupado, debe haber sentido el peligro.

—¿Qué debemos hacer, Señor Herrada? —preguntó Humberto después de liberar un poco de aura y envolverse en ella.

—¡Utilizar el fuego! ¡Estas avispas venenosas tienen miedo al fuego! Cualquier otro método será inútil —gritó Negro.

—¡Entonces usemos ataques de fuego! ¡Rápido! ¡Enciende algunos fuegos! —Humberto instó a Negro.

Negro parecía confundido.

—Señor Gordillo, aunque tengo pólvora, no tengo nada para encenderla. Solo hay piedras en esta tumba. No hay nada que pueda quemarla.

Al escuchar eso, Humberto miró con rapidez a su alrededor. Era cierto que no había nada inflamable. Aparte de las dos antorchas que sostenían los discípulos de la familia Herrada, no había nada más que pudiera arder.

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