Las palabras de Heliodoro hicieron que Humberto y los demás dirigieran su atención hacia él. Los ojos de todos ellos ardieron de furia al escuchar el descarado comentario del hombre.
Ya estaban frustrados porque habían pasado por bastantes trampas para llegar hasta allí. El razonamiento de Heliodoro sólo les hizo sentirse peor.
—Señor Gordillo.
Edgar sonrió en cuanto vio a Humberto.
«Con Humberto de mi lado, no tendré que preocuparme por Jaime y Heliodoro».
—Señor Edgar, me sorprende que también haya encontrado el camino hasta aquí. ¿Encontró algún tesoro en su camino? —preguntó Humberto.
Humberto y los demás sólo encontraron trampas en su camino. Nunca se encontraron con ningún tesoro u objeto mágico, por lo que estaban bastante disgustados.
Cuando Edgar escuchó esa pregunta, le contó de inmediato a Humberto todo lo que había pasado.
Los ojos de Humberto brillaron de codicia al escuchar cómo Jaime había conseguido un cuadro que podía cambiar de imagen.
—Jaime, enséñame el cuadro que has conseguido.
Humberto se acercó a Jaime y habló como si éste fuera su esclavo.
—Es mío, ¿por qué debería enseñártelo? —desafió Jaime.
Se apresuró a rechazar a Humberto.
Humberto se quedó sorprendido. No esperaba que Jaime le llevara la contraria de forma tan descarada, y eso le enfureció.
—¿Cómo te atreves a desobedecer mis órdenes? Yo soy el que manda en este juicio, así que no des por sentado que el cuadro es tuyo sólo porque lo tienes en tus manos. Cualquiera puede reclamarlo para sí mismo. Todo lo que tenemos que hacer es arrebatártelo.
Tan pronto como Humberto terminó de hablar, todos los demás participantes de la Prueba dirigieron su atención a Jaime y lo miraron fijamente. Estaban dispuestos a luchar en cualquier momento.
Demasiados tenían sus ojos puestos en Jaime. Eso hacía que fuera difícil, incluso para alguien tan poderoso como él, enfrentarse a todos ellos.
—Eres el director de la Alianza de Guerreros. Sin embargo, te estás entrometiendo en el Juicio y estás siendo injusto y poco razonable. Alguien como tú no tiene derecho a mandarme. Quiero decir, en serio. ¿Quién caraj* te crees que eres?
Jaime sabía desde hacía tiempo que Edgar y Humberto estaban en el mismo bando y que iban contra él.


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