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El Despertar Inesperado del Amor La Elección de Elowen romance Capítulo 185

Theodric miró a los dos guardias de las sombras, altos como torres, apostados tras Elowen.

Si no le fallaba la memoria, ambos venían de las filas de Cassian. Se habían ganado su lugar en campañas de verdad: veteranos que en el campo de batalla habían segado más vidas de las que la mayoría de la gente había llevado jamás al matadero.

Lo sopesó un instante y luego sostuvo la mirada ilusionada de Elowen.

De verdad quería ir. Eso saltaba a la vista.

Theodric exhaló despacio y, al final, cedió.

—No te acerques demasiado. Ni un paso más de lo necesario. Si algo se ve raro, te retiras en ese mismo instante. ¿Me entendiste?

Por fin había aceptado.

Elowen sonrió, radiante.

—Gracias, Su Majestad.

Se dio la vuelta y salió.

En ese momento, Daphne estaba atravesada sobre el lomo del caballo, aferrada con desesperación a su cuello, llorando y gritando.

—¿Y ustedes qué se quedan viendo? ¡Sálvenme! ¡Sálvenme!

—¡Soy la futura Princesa Heredera!

—¡Si me pasa algo, todos van a pagar por esto!

Los mozos y los entrenadores intentaron acercarse una y otra vez, pero el semental brioso los pateaba y los hacía retroceder cada vez.

Daphne estaba al borde de la desesperación.

—¡Maldita bestia! ¿Por qué no te envenenaron antes?

Tenía la voz hecha trizas de tanto escupir maldiciones.

Ya casi no le quedaban fuerzas. Un pensamiento amargo le subió como bilis. ¿De verdad voy a morir aquí hoy… y encima de una manera tan humillante?

Entonces, una voz femenina, clara, se alzó por encima del alboroto, serena y firme.

—Ember.

La palabra cortó el caos como una hoja, y Ember, que segundos antes se debatía, se quedó quieto.

El entrenador reaccionó al instante y se lanzó hacia delante, ayudando a bajar del caballo a Daphne, que se desplomó como un trapo.

Daphne estaba mareada: la cabeza le daba vueltas, las piernas no le respondían.

Un solo pensamiento le martillaba la mente.

Ella está a salvo. ¿Y a mí quién me salva?

Se obligó a voltear. Y se quedó helada.

Elowen estaba ahí, con una sonrisa leve, alargando la mano para acariciar la crin de Ember y hablándole en voz baja.

La escena se fue superponiendo, lentamente, con un recuerdo de años atrás: Daphne, apartada de una patada y llorando, y Elowen acercándose para consolarla con esa misma calma silenciosa.

Algo feroz, interminable, le estalló a Daphne en el pecho.

Hoy se suponía que era mi momento. ¿Cómo demonios termina en esto? Es Elowen. Siempre es Elowen. No es más que mala suerte para mí.

Al sentir la mirada, Elowen ladeó la cabeza y se encontró con Daphne.

Le regaló una sonrisita.

—De nada.

Esa sola frase hizo que Alaric se detuviera.

Frunció el ceño y miró en esa dirección.

—¿Qué quieres decir con eso?

Iris bajó un poco la cabeza, dejando al descubierto la línea tersa de su cuello.

—Su Alteza…

—Su Alteza.

Antes de que Iris terminara, Daphne la interrumpió con una voz frágil.

Ya se había acomodado el cabello y se acercó un poco, con los ojos enrojecidos.

—Hoy, en la cacería de otoño, me preparé con todo cuidado. Pero ¿quién iba a imaginar que ese caballo tan feroz lo había criado la Duquesa de Duskmoor cuando era joven? Lo reconoció al instante y, aun así, se negó a decirlo. Se quedó ahí viéndome hacer el ridículo y solo entonces, con toda calma, se acercó a salvarme.

Miró a Alaric, con los ojos llenos de lágrimas.

—Su Alteza, ella lo planeó. Lo hizo a propósito. Quería que yo quedara mal. Quería opacarme.

Alaric no mostró el disgusto que ella esperaba. En cambio, entrecerró los ojos.

—Si mal no recuerdo, ese caballo lo encontró tu padre, Galen.

Daphne se quedó tiesa.

—Si fue tu padre quien escogió ese caballo, ¿cómo exactamente te armó ella una trampa?

—Pero mi padre no lo sabía —insistió Daphne, terca.

—Tú fuiste la que juró que podías domarlo —dijo Alaric con una sonrisa helada—. Su Majestad aconsejó prudencia. Tú y Galen se negaron a escuchar.

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