Alaric apretó la mandíbula. Que Daphne fuera Azure lo había tomado completamente por sorpresa.
En su vida anterior nunca lo había sabido. Siempre la había dado por una simple cara bonita, de esas que solo saben cómo endulzarles el oído a los hombres.
No esperaba que tuviera un talento real.
Y, aun así, el recuerdo seguía revolviéndole el estómago.
Lo había traicionado. Con un guardia. Lo había humillado hasta lo indecible.
Pero esas cosas, ahora, no podían decirse en voz alta.
—Deja de portarte como un niño —dijo Isla, al notar la resistencia en su expresión—. Lo que importa es que le demuestres a tu padre que sabes cargar con responsabilidades. Afianza tu lugar. Cuando estés bien plantado como heredero, cuando lo heredes todo, ¿qué habrá en este mundo que se te resista?
Se inclinó un poco, bajando la voz.
—Cuando llegue ese día, ya no tendrás por qué temerle a Cassian. Con un solo decreto puedes mandarlo a la frontera más lejana. ¿Tú crees que se atrevería a negarse?
Afuera tronó el cielo. Algo se encendió en los ojos de Alaric.
Era cierto. Todo lo que había bajo el firmamento pertenecía al trono. Cuando él gobernara, el poder estaría en sus manos.
Aunque Cassian se negara a soltar a Elowen, él podía simplemente arrebatársela. Tenerla en el palacio si se le antojaba.
La idea, por fin, le bajó la irritación.
Alaric inclinó la cabeza.
—Entiendo.
Tomó aire, se dio la vuelta y caminó hacia las ropas de boda.
Elowen se había quedado dormida de más, pero aun así seguía somnolienta.
Incluso después de subir al carruaje, no pudo evitar cabecear. La voz de Cassian sonó floja, perezosa:
—¿Quieres recargarte en mí y dormir?
Elowen vaciló.
—No sería apropiado...
Cassian le rodeó la cintura con un brazo y la atrajo hacia él.
Su pecho estaba tibio y firme. El cuerpo de ella se aflojó casi al instante; se le cerraron los ojos antes de que alcanzara a darse cuenta.
—Nomás voy a descansar tantito —murmuró—. Despiértame cuando lleguemos...
Desde encima de su cabeza le llegó un sonido bajo, en señal de respuesta.
El tiempo se volvió borroso.
No supo cuánto había pasado, ni siquiera si ya habían llegado. Entre la bruma del sueño oyó la lluvia golpear el techo del carruaje, mezclada con voces del exterior.
—Nunca había visto una boda con una lluvia así.
—¿Verdad? Como si alguien hubiera hecho algo mal.
—Ella siempre ha sido igual, bien creída. Ya se anda diciendo la futura princesa heredera antes de casarse siquiera. Y yo leí su libro. Ni está tan bueno. Está todo enredado. No entiendo por qué tanto alboroto...

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Despertar Inesperado del Amor La Elección de Elowen
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