—No es ninguna molestia —la interrumpió Elowen, sonriendo—. Traje a Bran y a dos guardias. Ambos sirvieron a las órdenes de Su Excelencia en el campo de batalla. Han cargado con mandobles más pesados que esto. Unos cuantos libros de cuentas no serán ningún problema.
El rostro de Marwen se puso pálido. No fue nada sutil. Elowen la estaba amenazando. El problema era que el Salón de las Rosas solo contaba con unas pocas criadas y matronas, ninguna rival para soldados curtidos en la guerra.
Tragándose la rabia, Marwen se obligó a asentir.
Elowen observó cómo Marwen se levantaba, sacaba una pequeña llave de debajo de la almohada, abría un cofrecito de madera bajo la cama y extraía una llave más grande. Luego se dirigió a la estantería pegada a la pared oeste del estudio contiguo, abrió el armario oculto que había dentro y dejó al descubierto los libros de cuentas y las llaves maestras de la mansión Duskmoor.
Elowen tomó ella misma las llaves e hizo que Bran y los guardias sacaran los libros de cuentas. Los trasladaron al estudio principal de la hacienda, donde Elowen se puso de inmediato a examinarlos.
No había leído más que unas pocas páginas cuando dejó escapar una risa suave e incrédula.
—Esa mujer. Es de lo más mezquina. Los jornales que les daba a las criadas de la mansión eran vergonzosamente bajos. La paga mensual de Mira equivale a seis meses de salario de las doncellas personales del Salón de las Rosas.
Hojeó otro. Y luego otro. Las cejas se le juntaron en un ceño fruncido.
—Si ni siquiera vive tanta gente en la mansión —murmuró, frotándose las sienes—. Y aun así, no sé cómo, Marwen se las arreglaba para gastar una fortuna cada día en vino y comida.
Lo cual solo significaba una cosa: Marwen había estado embolsándose el dinero. Y embolsándose mucho. Pero ¿cómo?
Cora, dejando a un lado la pastilla de tinta, intervino.
—Su Excelencia quizá no lo sepa, pero el proveedor que le vende las verduras a la mansión es uno de sus primos. ¿Y el vino? De una taberna que es de ella, solo que escondida tras un administrador.
Los ojos de Elowen se entornaron. Así que casi todos los fondos se canalizaban de vuelta a Marwen.
Cora continuó:
—Desde que Su Excelencia cayó enfermo y le entregó las llaves, las cosas no han hecho más que empeorar. La comida ha sido pésima. Carne podrida. Verduras blandengues. Vino aguado.
Esa parte Elowen sí la había notado. Desde la boda, la comida le había resultado cada vez más difícil de tragar. Había pensado que los cocineros sencillamente no tenían buena mano. Ahora sabía que la verdad estaba en los ingredientes.


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