Un grito agudo desgarró la tensión.
Nina soltó un chillido de susto y se desplomó con fuerza; su cuerpecito se estrelló contra la piedra y la barbilla golpeó el suelo con un chasquido sordo que daba náuseas.
Lydia se lanzó de inmediato, apretando a su hija contra el pecho. La sangre le corría por la barbilla a la niña, y la voz de Lydia se alzó en un lamento tembloroso.
—Por favor, no se enoje. Le agradezco que nos haya recibido. Yo nunca tuve otras intenciones... Sé que no le caigo bien. Usted cree que le quité su favor. Si está molesta, desquítesela conmigo. Nina apenas tiene ocho años. Es inocente...
El rostro de Elspeth se ensombreció; la furia le brilló en los ojos.
—¿Qué disparates estás diciendo?
—Por favor, no se enoje... —Lydia levantó la mirada entre lágrimas, la voz hecha pedazos—. La vida nunca me ha sonreído. Mis padres murieron poco después de que me casé. Apenas me dio tiempo de criar a Nina cuando mi marido también falleció. No tenía adónde ir. Por ella, vine aquí... Siempre la he tratado con respeto, he procurado andar con cuidado a su alrededor. No entiendo por qué no puede vernos ni en pintura...
Se le quebró la voz, y las lágrimas le resbalaron por el rostro una tras otra.
Avenlor nunca dormía de verdad. Incluso con la noche ya instalada, las calles seguían iluminadas y llenas de vida.
El alboroto ante la reja de la Mansión Duskmoor había crecido lo suficiente como para atraer a una multitud.
Lydia estaba sentada en el suelo, con ropa sencilla y algo gastada; el cuerpo delgado, el cabello apenas suelto, lo justo para verse despeinada. Las lágrimas se le pegaban a las mejillas y la hacían parecer frágil, agraviada, como alguien empujada al límite.
En sus brazos, Nina se veía pálida y aturdida; la sangre seca aún le marcaba la barbilla, y tenía los ojos muy abiertos, llenos de miedo.
Frente a ellas, Elspeth se mantenía rígida de rabia: voz cortante, postura implacable.
Con ese contraste bastaba. La multitud empezó a inclinarse.
—Una viuda criando a un hijo sola... eso no es nada fácil.
—Miren a esa pobre niña, eso debe doler. Cualquier mamá estaría fuera de sí.
—Son familia. No hace falta llegar tan lejos...
Los murmullos se fueron juntando, cada vez más altos.
Entonces alguien entre la gente gritó:
—¡Arpía celosa!
La palabra prendió como chispa en pasto seco. Los susurros se volvieron reproche abierto.
—Ya bastante están batallando, y ella todavía las empuja a esto...
—La marquesa de Havenstead es demasiado dura...
Las voces se encimaban unas sobre otras, cercándola.
Elspeth tembló; furia y humillación se le enredaron en el pecho. Nunca la habían sometido a un juicio público así.
—¡Ustedes, bola de...!
Estaba a punto de estallar cuando una mano le sujetó la muñeca con suavidad. Elspeth se volteó de golpe y se topó con la mirada serena de Elowen.
—¿Está diciendo que vine con segundas intenciones? Yo...
—No estoy diciendo nada —la interrumpió Elowen, suave pero firme—. Solo que no lo entiendo. No deja de repetir que le importa la niña. Está sola, cargando a una chiquita frágil hasta acá, y luego se sienta afuera de la reja a armar un escándalo. Es tarde, el camino es largo y hace frío. ¿De verdad eso parece cuidado?
Las palabras cayeron limpias y afiladas.
La multitud se removió, mirándose entre sí. Las acusaciones de hacía un momento empezaron a apagarse.
La expresión de Lydia se endureció. Se mordió el labio, y las lágrimas volvieron a juntársele.
—Yo solo estaba preocupada por usted y el marqués...
—Ellos son marido y mujer —dijo Elowen con calma—. Si discuten, lo arreglarán entre ellos. ¿Desde cuándo una prima se mete a administrar un matrimonio? ¿O pensó que las cosas no estaban lo bastante tensas y decidió echar más presión?
Lydia no tuvo respuesta. Bajó la cabeza, con los hombros temblándole.
Los de adelante intercambiaron miradas.
—Tiene razón. Sacar a una niña enferma a estas horas no tiene sentido.
—A mí también se me hacía raro. La niña está lastimada y, en vez de atenderla, está aquí hablando de pleitos de familia...
—¿Entonces creen que fue a propósito?
En ese momento, Hugh llegó a toda prisa, cargando su maletín médico.

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