Alistair inclinó apenas la cabeza.
—Su Gracia, tenía toda la intención de venir yo mismo en cuanto terminara con mis obligaciones. Solo me retrasaron un par de asuntos de último momento.
Elowen asintió levemente.
—Entonces parece que la culpa es de Lydia.
Se volvió hacia ella. Su voz seguía serena, pero por debajo se notaba un filo.
—Si sabías que el marqués vendría en persona a escoltar a mi tía, ¿para qué venir a las carreras en plena noche con una niña en un estado tan delicado? El camino es largo, el aire nocturno es helado. Si les hubiera pasado algo en el trayecto, ¿no se lo habrían achacado a ella?
Lydia se puso rígida.
—Me preocupaba que hubiera tensión entre usted y el marqués. Solo vine a echar una mano para limar asperezas. No pensé en la hora...
—Si de verdad querías mediar —dijo Elowen con calma—, podías haber esperado al marqués y venir con él. O mandar a un sirviente por delante con un recado, explicando la situación con discreción. ¿Por qué traer a una niña enferma hasta acá, de noche, para quedarte afuera de las puertas, llorando y suplicando en vez de entrar?
Su mirada se asentó en Lydia.
—Quienes te conocen dirían que actuaste por urgencia, aunque con muy poco juicio. Quienes no te conocen podrían pensar que querías llamar la atención, ventilar asuntos privados en público y avivar el conflicto hasta volverlo irreparable.
—Yo... yo no...
A Lydia se le subió el color a la cara y, enseguida, se le fue. Le temblaron los labios al intentar rebatir, pero las palabras se le desmoronaron bajo el peso de las preguntas de Elowen.
Buscó a Alistair con una súplica muda.
Alistair permaneció en silencio, con el gesto indescifrable, sin ofrecerle defensa alguna.
Elspeth nunca había tenido la ventaja así.
Al ver a Lydia titubear, sintió una satisfacción poco común. Con cada segundo que pasaba, su mirada hacia Elowen se le iba encendiendo.
Sin apuro, Elowen cambió de tema.
—Por cierto, escuché que Nina se enfermó hace poco después de comer unos pastelitos: vomitó y le dio un malestar fuerte del estómago. Apenas se repuso. Ya que estamos aquí, el doctor Dray debería revisarla con más detalle. La salud de una niña no es cosa menor.
Al instante, Lydia entró en pánico.
—No será necesario, Su Gracia. Nina ya está mucho mejor. El médico dijo que con reposo bastaba. No hace falta molestar a otro doctor.
Elowen pareció no notar su reacción.
—Eso no puede ser. Con un niño, uno nunca es demasiado cuidadoso. ¿O dudas de la pericia del médico que invité?
Dejó escapar un suspiro quedo.
—Sé que soy joven, y puede que mi posición no imponga respeto. Muchos quizá no se tomen en serio mis palabras.
Lydia se apresuró a corregirse.
—No quise decir eso...
—Usted... usted lo interpretó mal...
—¿Cómo podría ser?
El tono de Elowen llevaba una leve sorpresa.
—El doctor Dray fue invitado personalmente por Su Gracia desde lejos. Incluso Su Majestad ha elogiado su habilidad. Es poco probable que se equivoque.
Lydia se mordió el labio con fuerza, pálida.
Elowen no le dio tiempo de recomponerse. Se volvió hacia Nina y le habló con dulzura.
—Nina, cuando duermes en la noche, ¿tu mamá no te recuerda que te tapes bien y que te mantengas calientita?
La niña la miró a ella y luego a Lydia. Le temblaron los labios.
—Sí... pero la cobija era muy cortita. Se me helaban los pies... y después mamá me limpió, pero... el agua estaba fría...
Su vocecita cortó el aire de la habitación como una navaja.
Elspeth soltó un respiro largo, como si al fin le quitaran un peso de encima.
Le lanzó una mirada filosa a Alistair y luego a Lydia.
—¿Con tal de incriminarme, eres capaz de llegar tan lejos con tu propia hija?

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