El tono de Rocío era sereno y lógico cuando habló:
—Señor Valdez, si en verdad le preocupa la vida de su sobrino, le sugiero que busque cuanto antes a alguien con el mismo tipo de sangre que él, en vez de estar perdiendo el tiempo conmigo. Y además, le pido que usted y su familia dejen de molestarme tanto a mí como a los míos, ¿de acuerdo?
No había ni un rastro de capricho en sus palabras.
Era el cansancio disfrazado de buena educación y autocontrol.
Lázaro sintió, de golpe, ese distanciamiento real y cortante de Rocío.
Por un instante, se quedó pasmado.
Pero después pensó que Rocío no podía estar tan lejos de él.
Seguro sólo estaba jugando a hacerse la difícil, pretendiendo que no le importaba.
¿De verdad creía que eso le iba a funcionar?
Por dentro, no pudo evitar reírse. Qué ingenua, pensaba que podía engañarlo tan fácil.
...
—¿Qué pasó, Lázaro? ¿Otra vez Rocío te colgó el teléfono? —Elsa se le acercó, la ansiedad en su voz era evidente.
Lázaro no le contestó.
Se limitó a dar media vuelta y fue directo a la oficina del director. No podía poner toda la esperanza de salvar a su sobrino en manos de Rocío; y menos después de que ella intentó chantajearlo usando la vida del niño. Eso era algo que no podía tolerar.
Lo que más detestaba en la vida era que alguien intentara manipularlo usando a su familia.
Al ver que su hermano se metía en la oficina del director, Elsa se puso todavía más nerviosa.
Sacó el celular y, casi con rabia, marcó de nuevo el número de Rocío.
Del otro lado, Rocío ya había apagado el teléfono.
No quería saber nada de la familia Valdez.
...
Mientras tanto, Elvia le daba bocaditos de comida a Sergio y miraba a Rocío con una sonrisa pícara.
—¿Y por qué no? ¡Si tú pusiste el cuerpo para salvarlo! Si no hubiera sido por ti, él ya estaría muerto desde aquel día. Si le hubieras contado, hasta podrías sacarle una buena compensación por la separación. Sí, te gustan los galanes, pero de tonta no tienes un pelo —Elvia le picoteó la cabeza a Rocío, regañándola como si fuera una niña.
¿Decírselo?
No es que Rocío no lo hubiera pensado.
Pero cada vez que quería confesarle la verdad a Lázaro, la detenía el miedo: ¿y si él seguía despreciándola incluso después de saberlo? ¿Y si, en vez de valorarla, la miraba con más asco? Sería todavía peor, más humillante.
Si alguien no te ama, no necesita motivos para ignorarte.
Así que prefirió guardar ese último pedazo de dignidad.
No quería convertirse en una pobre diablilla que mendigara migajas de afecto y terminara pisoteada por Lázaro.
—Acepto que fui una ilusa por haberme enamorado de él, pero eso es asunto mío, nada que ver con él —Rocío tomó una copa de vino de frutas y la vació de un solo trago.
Luego, lanzó un suspiro y le soltó a Elvia, medio en broma, medio en serio:
—No te preocupes, que de hambre no te vas a morir. Aunque me vaya de la vida de Lázaro, mientras tú, mi hermana postiza, y mi abuelita no anden causando problemas, me encargo de que tú, la abuelita y Sergio vivan bien. No les va a faltar nada.

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