—¡Ya entendí!
Rocío sentía que, estando rodeada de esos amigos tan peculiares y con tan poca vergüenza, no le quedaba de otra más que resaltar igual que ellos.
Justo como en ese momento: la forma en que Mireya la miraba era la típica condescendencia hacia quien llama demasiado la atención.
Sin embargo, lo que la desconcertaba era ver ahí a Mireya y a Lázaro. ¿Por qué habrían ido a ese lugar?
Y no solo ellos. También los amigos de ambos habían llegado.
Un sitio tan pequeño y, aun así, llegaron en bola, haciendo todo ese alboroto. ¿Para qué tanto?
Rocío no encontraba sentido. Y la verdad, tampoco quería perder tiempo en entenderlo.
Con indiferencia, le dijo a Samuel:
—Vamos a entrar.
—Sí —le contestó Samuel, con una mirada tan cálida que casi parecía derretirse con solo verla.
Mientras ambos cruzaban el umbral del local, uno al lado del otro, Hernán Navarro soltó un grito ahogado:
—Rocío… ¿qué rayos pasa aquí?
Hernán había estado un tiempo fuera en Clarosol, y justo ese día regresaba. Apenas llegó, escuchó que Samuel se estaba peleando con Lázaro por unos terrenos.
Pero ahora, al ver a Rocío junto a Samuel, lo primero que pensó fue: Samuel no solo le estaba peleando las tierras a Lázaro…
¡Le estaba quitando hasta a su mujer!
Antes, los dos solo eran rivales de negocios, pero ahora esto ya olía a pleito personal. ¿Quién aguanta eso?
Rocío había encontrado la manera perfecta de poner a Lázaro contra las cuerdas.
—Maldita sea, qué jugada tan sucia y venenosa —se lamentó Hernán para sus adentros, preocupado por la reacción de Lázaro.
Pero Lázaro, sin inmutarse, entró al salón de subastas con el semblante impasible. Hernán, resignado, lo siguió sin decir más.
...
El ambiente dentro era desabrido y monótono. Cada asistente tenía su propio objetivo.
Lázaro asistía únicamente para hablar con Samuel sobre los terrenos en disputa.
Samuel, en cambio, acompañaba a Rocío por un motivo muy distinto: quería ayudarle a recuperar el objeto antiguo que pertenecía a la familia de su abuela.
La voz de Rocío salió apagada y rasposa:
—Aunque yo ofrezca treinta millones, ¿puedes asegurar que Mireya no va a subir hasta trescientos millones? Lázaro pagaría por ella. Pero yo… yo no podría pedirte esa cantidad, y tú tampoco me la darías.
Samuel se pasó la mano por la quijada y admitió, resignado pero sonriendo:
—Tienes razón. Ni de chiste llegaría a tanto. Ni siquiera pasaría de los treinta millones por ti.
Lejos de entristecerse por sus palabras, Rocío solo siguió observando cómo Mireya, tomada de la mano de Lázaro, subía al escenario a recibir la figura tallada en madera. Una punzada de impotencia le atravesó el pecho.
¿Cómo iba a explicarle esto a su abuelita?
Mientras se hundía en esa tristeza, Lázaro se acercó a ella.
Rocío deseó, con todas sus fuerzas, decirle: “Lázaro, por lo que alguna vez fuimos, ¿me dejas quedarme con la figura? Era de mi abuela”.
Pero Lázaro, al llegar frente a ella, ni siquiera se dignó a mirarla.
Solo dirigió sus palabras a Samuel, con voz seca y cortante:
—Señor Ríos, tengo algo importante que hablar con usted.

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