Rocío miró a Hernán con una sonrisa burlona.
—¿Por qué el Grupo Valdez sí puede meterse en proyectos para casas de retiro y Samuel no? ¿Quién puso esas reglas?
Hernán se quedó callado un momento, sin saber qué responder.
—No voy a discutir contigo, admito que nunca me salen bien las palabras, y la verdad, uno no le gana a ustedes en debates, mejor dejemos de dar vueltas —dijo al fin, con un dejo de fastidio—. Supongamos que Samuel de todas formas quiere entrarle al proyecto de casas de retiro, y que encima quiere asociarse con Lázaro. Pues que se asocien, ¿pero por qué tienes que ir tú siempre con él a todos lados?
En ese instante, Claudio intervino, bajando la voz en un intento de sonar comprensivo.
—La verdad, Rocío, uno no debe pasarse de la raya. Samuel sabe perfecto que tú eres esposa de Lázaro, y aun así va y te abraza frente a él, y encima se la pasa provocándolo con sus palabras. Dime, ¿cómo esperas que Lázaro aguante eso sin reaccionar? ¿Qué hombre soportaría ver a su esposa abrazada por otro tipo justo frente a sus narices? Cualquier hombre en su lugar habría hecho lo mismo o peor. ¿Ya lo entiendes?
Rocío lo miró perpleja.
—¿O sea que el señor Valdez y Samuel se pelearon porque yo soy su esposa? ¿Que porque su esposa apareció abrazada de otro hombre, entonces tenía derecho a golpearlo?
Hernán soltó una carcajada sarcástica y le reviró:
—¡Pues claro! ¿O tú sí aguantarías una cosa así?
—Yo llevo tres años aguantando —respondió Rocío con la misma mueca burlona.
Hernán se quedó mudo, se le notaba la incomodidad. Por dentro, debió querer darse un par de bofetadas por haber olvidado semejante detalle.
—Durante tres años, Lázaro no solo anduvo abrazando a Mireya delante de mí, ¡hasta Mireya se cree con derecho de llamarse la esposa de Lázaro! Y cada vez que él la abrazaba a la vista de todos, era como si yo no existiera.
—Cuando decidiste mandar a mi abuela, a Elvia y a mi hijo a un lugar a tres mil kilómetros de distancia, ¿te importó lo sola y desesperada que me sentí?
—Cuando me acusaste de robarle dinero a tu familia, y querías que me metieran a la cárcel, ¿pensaste en lo injusto que era? Y cuando descubriste que yo no les había quitado ni un peso, y te pedí el divorcio, ¿qué hiciste? Solo te importaba que me retractara. Señor Valdez, ¿no te parece que siempre decides todo tú y yo nunca tengo voz ni voto?
Lázaro siguió callado, la culpa reflejada en su cara.
—Mi propio esposo me pisoteó, sus amigos me trataron peor, y hasta Mireya y sus amigas hicieron todo para sacarme del camino. Señor Valdez, dime, si no recurro a Samuel, ¿qué otra opción me queda? —Rocío lo miró directo a los ojos, sin parpadear.
Lázaro bajó la mirada, sin atreverse a responder.
—¿Te quedaste sin palabras, verdad, señor Valdez? —La voz de Rocío, envuelta en tristeza y cansancio, se llenó de ironía mientras lo miraba.

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