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El Desquite de una Madre Luchona romance Capítulo 191

Rocío volteó a ver a Simón y contestó sin dudar ni un segundo:

—¡No se puede!

Simón se quedó sin palabras. Se limpió el sudor de la frente, incómodo.

—Si la señorita Amaya no quiere platicar conmigo, buscaré otra oportunidad. Y si no es la próxima, será la que sigue, hasta que acepte hablar conmigo.

—Tú… —Rocío apretó los labios, conteniendo la rabia. Lo miró con una calma tensa—. ¿De qué quieres platicar? Dilo de una vez.

—Quiero pedirte disculpas —Simón la miró apenado.

—No hace falta.

Simón se quedó callado, sin saber qué más decir.

—¿Eso era todo? Si ya terminaste, por favor vete de aquí. Samuel necesita descansar —lo despachó Rocío sin ningún remordimiento.

A decir verdad, no sentía el menor interés por platicar con ningún amigo de Mireya. De hecho, tan solo verlos le revolvía el estómago.

Pero Samuel, en ese momento, se mostró más comprensivo.

—Señor Paredes tampoco lo hizo con mala intención —le dijo Samuel a Rocío, intentando calmarla—. Muchas veces uno ni sabe el trasfondo de las cosas, igual que cuando yo y el señor Esquivel no te conocíamos. Deberías darle una oportunidad, ¿no crees?

Rocío mordió su labio. Esta vez no respondió.

No era que las palabras de Samuel la hubieran convencido. Era distinto.

Con Samuel y el señor Esquivel, ella misma los había buscado, y además, ellos no eran amigos de Mireya.

Pero con Simón, Rocío nunca quiso tener trato alguno. Lo único que sentía por ese hombre era un profundo rechazo.

Sin embargo, en ese momento, con Samuel herido y postrado en la cama, no quiso hacerle pasar un mal rato.

Así que miró a Simón y preguntó:

Simón no respondió. Quiso decir que no, pero en el fondo, era exactamente como ella lo decía: pensaba seguir buscándola hasta que aceptara sus disculpas.

—Bueno, te lo voy a explicar —Rocío lo miró como si tuviera enfrente al tipo más terco del mundo—. Señor Paredes, yo nunca te hice nada. Ni siquiera nos conocíamos. Desde el primer día que me viste, no hiciste más que lanzarme insultos y acusaciones. ¿Te molestaste en saber qué estaba pasando? No. Ni siquiera me diste la oportunidad de defenderme. De una, me sentenciaste como la mala, como si yo fuera una mujer ruin que vino a destruir la vida de tu amiga.

Simón bajó la mirada, incapaz de contestar.

—Y además, ya viste que nunca le hice daño a tu amiga. Lázaro es mi esposo, legalmente. ¡Ni siquiera estamos divorciados! ¿No crees que tus ataques y tus palabras fueron demasiado injustos?

—Hace unos días, si no fuera porque Samuel me protegió, seguro ustedes hubieran dejado que una bola de vagabundos me hicieran pedazos, ¿verdad?

—Me humillaste, me pisoteaste, y ahora vienes a darme una palmadita en la espalda y pretendes que lo olvide todo. Señor Paredes, no te he hecho nada. ¿O acaso fui yo la que le faltó el respeto a tu familia?

Simón tragó saliva, sin atreverse a levantar la vista.

—No, tienes razón, señorita Amaya. No importa si me perdonas o no, igual te debo una disculpa sincera. A partir de ahora, no te molestaré más, a menos que sea necesario. Si algún día necesitas mi ayuda, puedes contar conmigo, incluso si tengo que arriesgar mi vida, porque te lo debo.

Rocío lo miró por última vez, sin decir nada más. El aire en la oficina se sentía denso, como si todo el pasado no pudiera borrarse con una simple disculpa. Para Rocío, algunas heridas no sanan tan fácil; para Simón, tal vez era el primer paso en el largo camino de enmendar sus errores.

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