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El Desquite de una Madre Luchona romance Capítulo 211

Lázaro miró a Carolina con una mezcla de desconcierto y dolor en el pecho.

—Hace rato, cuando estabas con tu tía y con Mireya…

—¡Yo las quiero! ¡A todas! —Carolina se limpió las lágrimas con el dorso de la mano, mirándolo con una sinceridad desarmante—. De verdad quiero mucho a mi tía, quiero mucho a la abuela, ¡pero a Mireya la quiero todavía más!

Se apresuró a explicarse, como si temiera que no le creyeran.

Era apenas una niña que aún no cumplía los seis años, y sin embargo, sus gestos, sus palabras, sus miedos, no podían engañar a un adulto.

De golpe, Lázaro comprendió la situación de Carolina.

Ella ya había sentido que, ni la abuela, ni la tía, ni Mireya, la trataban con el mismo cariño que su madre. Pero, en ese ambiente, la pequeña no tenía cómo cambiar su realidad. Y por eso, tenía miedo.

No podía elegir. Solo le quedaba decir lo que los demás querían escuchar, aunque eso fuera en contra de lo que sentía.

Era el instinto de supervivencia de la niñez.

Para Lázaro, el dolor era punzante, como si le partieran el corazón en mil pedazos.

¡Su propia hija!

¡Y él no había sido capaz de protegerla! La pequeña ya había aprendido a tener miedo, ya prefería esconder sus verdaderos sentimientos para no ser lastimada.

Era su culpa. Todo recaía sobre él.

—¿Te doy miedo, hija? —preguntó con un tono suave, casi temeroso.

—Papá quiere más a Mireya. Yo también quiero mucho a Mireya. Y a ti también, papá —respondió Carolina, abriendo mucho los ojos, con esa inocencia que solo tienen los niños.

Lázaro se quedó sin palabras.

Carolina ni siquiera se atrevía a decir la verdad.

Había entendido, desde que perdió a su madre, que ya no estaba segura con su papá y con la nueva esposa de él.

—Voy a hablar con tu mamá, a ver si podemos arreglar para que te lleve de vuelta a casa, ¿te gustaría? —intentó calmarla, buscando recuperar la confianza de su hija.

En ese instante, los ojos de Carolina brillaron con esperanza.

—¿De verdad?

—Por supuesto.

Lázaro reflexionó un momento y añadió:

—No creo que tu tía deba usar la sangre de tu mamá para curar a Benjamín. Si lo hace, Benjamín estará fuera de peligro, pero tu mamá terminará muy mal.

—¡No! ¡A Mireya la quiero mucho! ¡Es la que más quiero!

Lázaro guardó silencio.

Ya había entendido a la perfección lo que pasaba por la mente de Carolina.

Últimamente, también a él le habían disgustado varias actitudes de Mireya.

Por ejemplo, la facilidad con la que llamaba “la otra” a Rocío cada vez que quería referirse a ella.

O aquella vez que Mireya se llevó la escultura del ángel, y él después descubrió que solo lo hizo para humillar a Rocío.

Hace un rato, Mireya había tratado de manipular a Carolina para que creyera que si Rocío no ayudaba a Benjamín, era culpa de Rocío.

Todo eso había hecho que Lázaro comenzara a ver a Mireya con otros ojos.

Y, pensándolo bien, ¿no era eso lo que él mismo había transmitido a quienes lo rodeaban?

Antes, cuando Rocío se negaba a ayudar a Benjamín, él la culpaba de todo. Para Lázaro, Rocío era la peor persona si no obedecía. Jamás le había dado ni una pizca de compasión.

Ahora veía que su trato indiferente hacia Rocío había sido el verdadero origen de todo: por él, los que había a su alrededor se sentían con derecho de humillarla, insultarla, exigirle y lastimarla.

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