Al escuchar el cuestionamiento de Sergio, Carolina no supo cómo responder.
La vergüenza la envolvió.
Como suele pasar con los niños, cuando sienten vergüenza, terminan llorando. De inmediato, Carolina rompió en llanto, con la voz temblorosa:
—Por favor, hermano, déjame hablar con mamá, ¿sí? Solo un momento, por favor.
—Yo… —Sergio dudó un instante.
Pero en cuanto recordó cómo, cuando vivían con la familia Valdez, Carolina nunca lo veía como su hermano, y en cambio trataba a su primo Benjamín como si fuera su único hermano, una punzada de enojo le atravesó el pecho. Para Sergio, ese niño enfermizo, que siempre estaba a punto de desmayarse y parecía absorber la energía de su mamá, era el que menos le agradaba.
Y, sin embargo, Carolina y ese “enfermito” eran uña y mugre.
—Tú misma dijiste que yo no era tu hermano, que Benjamín sí lo era —le soltó Sergio.
Al escuchar ese rechazo, Carolina estalló en llanto, más desconsolada que nunca.
—¡Por favor! Yo solo quiero escuchar a mi mamá, no quiero volver a mentirle. Solo quiero decirle que mi tía le está pidiendo sangre, que no se acerque a ella… Yo no quiero hacerle daño a mi mamá.
La niña lloraba tan desconsolada que daba lástima.
A Sergio, por dentro, le pesaba la situación.
Pero entonces recordó la vez pasada: Carolina también había fingido estar triste para engañar a mamá. Y mamá, al caer en la trampa, terminó siendo humillada por toda la familia. Durante días, no recuperó la alegría.
—La última vez también engañaste a mamá. Y toda tu familia se burló de ella, la llamaron sucia, cuando estaba así por querer salvarte. ¡Y tú también la trataste mal! Hasta le pediste que trabajara como criada para tu nueva mamá. ¡No te creo nada! ¡Vete ya!
Al recordar cómo Carolina había ayudado a su madrastra a humillar a mamá, haciéndola ver como una tonta, la rabia de Sergio creció, y por poco le daban ganas de castigar a Carolina.
No quería seguir jugando con ella.
No quería que mamá sufriera más.
—¡Ya voy a colgar! —aventó Sergio con voz cortante, y de inmediato cortó la llamada.
...
—¿Qué pasó, Sergio? Me pareció escuchar la voz de Carolina en el teléfono… —preguntó Rocío, que estaba sentada a un lado, masajeándole los pies a la abuela.
Pero, para Carolina, solo quedaban lágrimas.
La niña no podía dejar de llorar.
Se aferró al abrazo de Miranda, sollozando sin consuelo.
—Mi hermano me colgó, no dejó que mamá hablara conmigo… dice que engañé a mamá. ¿Será que ya no me van a creer nunca más?
Miranda se quedó callada, sin saber qué decirle.
Ver a la niña así, tan frágil, sí le movía el corazón.
Pero tampoco podía culpar a Rocío.
Después de todo, Rocío había sufrido mucho por culpa de Carolina. Toda la familia, y sobre todo Carolina, la habían humillado. Aunque Miranda no era Rocío, podía imaginarse que, en su lugar, quizá habría sentido que la vida perdía sentido.
Con voz suave y paciente, Miranda trató de consolarla:
—Carolina, tienes que confiar en tu mamá. En este mundo, casi todas las mamás quieren mucho a sus hijos. Tu mamá antes te quería con todo el corazón, ¿no es verdad?

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