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El Desquite de una Madre Luchona romance Capítulo 245

Elvia estaba al borde del colapso.

En ese momento, ¿quién podía concentrarse en analizar la lógica de la situación?

—¿Pero qué tonterías estás diciendo, maldito desgraciado? ¡No es lo mismo que yo me acueste contigo a que tú te acuestes conmigo! Si yo me acuesto contigo, soy yo la que se aprovecha de ti; pero si tú te acuestas conmigo, eres tú el que se aprovecha de mí, ¿no te queda claro?

—¡Habla! Dímelo de una vez, ¿qué demonios quieren para dejar en paz a Roci? ¡Si tanto quieren, que tú y Simón se acuesten conmigo al mismo tiempo! ¡Pero suéltenla ya!

Hernán y Simón se quedaron en silencio.

Se miraron, sin saber si eso era una especie de recompensa torcida o una humillación disfrazada.

Ninguno de los dos se percató de que Elvia, en su mente, ya los había comparado muchas veces, debatiendo consigo misma a cuál de los dos dejar como el “oficial” y a cuál como el “segundón”.

—Señorita Cortés, trate de calmarse. Yo no tengo retenida a Rocío. Si no se tranquiliza, no vamos a poder ayudar a sacarla de donde esté. Vinimos hasta aquí porque sabemos que Rocío seguro está preocupada por ustedes, así que lo primero es asegurar que ustedes tres estén bien —Hernán la ayudó a ponerse de pie, hablando despacio, palabra por palabra.

Solo entonces Elvia levantó el rostro bañado en lágrimas y lo miró directo a los ojos:

—¿Entonces… lo que dices es cierto? ¿No tienen a Rocío? ¿Entonces quién la tiene? ¿Quién la secuestró?

—Aunque todavía no sabemos quién se la llevó, vamos a buscarla —afirmó Hernán con convicción.

—Voy a revisar cómo está la situación. Si tú, tu abuela o Sergio necesitan algo, pueden quedarse en mi casa. Buscaré quien los cuide, así al menos esos tipos no los van a encontrar —Simón habló con seriedad, como quien hace una promesa.

Elvia no disimuló el asombro:

—¿Por qué ahora… de repente nos quieren ayudar? Esto se siente como si no fuera real…

Y al decirlo, rompió en llanto, llena de impotencia.

—Siempre han hecho todo lo posible por aplastarnos, por hacernos la vida imposible. ¿Y ahora, que Roci desapareció, vienen a hacerse los salvadores? —sollozó—. ¿Por qué? ¿Por qué hasta ahora?

Apenas terminó la llamada, un carro negro se acercó y se estacionó en el espacio más próximo.

Todos lo vieron claramente: era una camioneta negra, de esas imponentes.

Del carro bajó Samuel, que todavía traía el brazo enyesado y recién le habían quitado los vendajes.

Al verlo, Elvia corrió hacia él como si hubiera visto a su salvador, llevándose de la mano a Sergio y a su abuela.

—¡Samuel! —lloró—. ¡Pensé que no ibas a venir! Estábamos aterrados, ellos… esos tres desgraciados querían llevarnos a la fuerza, y yo me la pasé peleando con ellos todo este tiempo… ¡ya casi me daba por vencida!

La abuela también rompió en llanto:

—Yerno mío, por fin llegaste. Esta viejita ya sentía que se nos iba la vida. Elvia me dijo que todos estos son unos criminales. Ayúdanos, por favor, saca de aquí a estos hombres malos, hijo…

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