Aunque estaba envuelta en la gabardina de Lázaro, Rocío escuchaba perfectamente las voces de los reporteros que los rodeaban.
Lo empujaba con todas sus fuerzas, gritando:
—¡Suéltame! ¡No necesito tu ayuda! ¡No me da miedo que me tiren huevos podridos! ¡Por favor, suéltame!
No quería su protección.
Ya no recordaba en qué momento había empezado a verlo como a un extraño. Hacía mucho que no se sentía cómoda con su cercanía, ni con sus abrazos.
Lo que antes anhelaba, ahora la asfixiaba.
El amor y el desamor eran dos mundos aparte.
Cuando lo amaba, ansiaba sus besos, sus abrazos, dormir a su lado. Deseaba acurrucarse en su pecho y ser su niña mimada.
Pero ahora ya no lo amaba.
El más mínimo roce de su mano le erizaba la piel y la hacía sentir incómoda.
Rocío usó toda su fuerza para alejarlo.
Lázaro sintió claramente su rechazo, su aversión, con una intensidad que lo quemaba.
Antes, cuando él la despreciaba y la ignoraba, nunca imaginó cómo se sentiría si ella le devolviera el mismo desdén.
Ahora lo sabía.
Era una mezcla de pánico y humillación.
Era un deseo posesivo que crecía cuanto más ella intentaba alejarlo.
De repente se dio cuenta de que se había permitido despreciarla e insultarla sin límites, pero no podía aceptar que ella lo ignorara y huyera de él.
Justo como en ese momento: por más que ella lo empujaba, él la abrazaba con más fuerza.
En términos de fuerza física, la diferencia entre hombres y mujeres es innegable.
Rocío no podía zafarse.
Los reporteros que los rodeaban no dejaban de lanzar preguntas a Lázaro.
—Señor Valdez, ¿está usted defendiendo públicamente a una amante?


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