Dicho esto, se levantó para irse.
—Tú descansa. Iré a ver qué pasó.
Mireya asintió.
—Gracias, Simón.
Simón salió de la casa de los Zúñiga y se dirigió directamente a la de Lázaro.
Sentía simpatía por Rocío y últimamente había aprendido mucho sobre ella. No podía creer que fuera capaz de hacer algo así. Tenía que preguntárselo personalmente.
En el camino, sacó su celular y llamó a Rocío.
Ella contestó rápidamente.
—¿Señor Paredes? ¿Necesita algo?
Simón carraspeó un par de veces antes de hablar.
—Tuve una cirugía de emergencia a las cinco de la mañana. No salí del quirófano hasta pasadas las diez, y entonces vi que tú…
—¿Viste que me volví famosa en las redes? —terminó Rocío por él—. No se preocupe, señor Paredes. Gracias.
—Ahora estás en… —Aunque sabía perfectamente que estaba en casa de Lázaro, tenía que preguntárselo.
—Lázaro me rescató de un grupo de reporteros. Ahora estoy aquí, en su casa… —Hizo una pausa y luego sonrió con amargura—. En la que fue mi casa durante seis años.
»¿Me creería, señor Paredes? Apenas han pasado tres meses desde que me fui de aquí, pero ya me siento tan extraña, como si nunca hubiera sido mi hogar… Cada minuto que paso aquí… me asfixia. Siento una especie de vergüenza, y solo quiero huir… pero…
Llegado a este punto, Rocío soltó una risa desoladora.
—Pero… la entrada de nuestro edificio está rodeada por decenas de reporteros esperando para tomarme una foto…
»Señor Paredes, ya estoy a punto de divorciarme de Lázaro. ¿Por qué… por qué Mireya y sus amigos, ese señor Gómez, no me dejan en paz? ¡¿Por qué?!
Simón se dio cuenta.
Rocío no sabía nada del ataque de ira de Mireya, y mucho menos del odio que sentía por ella en ese momento.
Para Rocío, la casa de Lázaro seguía siendo el lugar donde había vivido durante seis años.
—Entiendo cómo te sientes, pero ahora mismo, ese es el lugar más seguro para ti, ¿no crees? Hazlo por tu familia, ten un poco de paciencia. Eres la más sensata de todos, ¿verdad? —La consoló como si fuera una niña.
—Sí. Tengo que aguantar. Si aguanté seis años, ¿por qué no voy a poder aguantar un día más? Gracias, señor Paredes. No debí quejarme con usted. Disculpe la molestia. —El tono de Rocío se suavizó.
—No te preocupes.
—Ya cuelgo, señor Paredes —dijo Rocío.
—De acuerdo.
Al colgar, Rocío vio a la pequeña Carolina, que se había acercado y la miraba.
Tenía los ojos llenos de lágrimas y una expresión temerosa.
—Mami, ¿por qué lloras? ¿Te hice enojar otra vez? ¿Te vas a quedar a dormir en casa esta noche?
Rocío se quedó sin palabras.
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