No se atrevió a sentir más lástima por Carolina.
Al ver que su madre ni siquiera la miraba, Carolina sintió una tristeza y un pánico indescriptibles. Pero por más triste y asustada que estuviera, ni su padre, ni sus abuelos, ni su tía se dieron cuenta.
En ese momento, la abuela estaba discutiendo con su padre:
—¡Lázaro! ¿Cómo pudiste ser tan tonto como para darle todo tu patrimonio a Rocío? Si se lo das, ¿Mireya estará de acuerdo? Además, ¿acaso Rocío merece el dinero de la familia Valdez?
Lázaro rio, exasperado por las palabras de su madre.
—¿Sabes por qué le doy todo mi patrimonio a Rocío?
—¿Por qué? —preguntó su madre, sin entender.
—¡Por las innumerables veces que le donó sangre a Benjamín Valdez! ¡Por las siete u ocho horas seguidas que te dio masajes, mientras tú dormías o comías sin dejarla parar ni un momento! Para los masajes sí la buscabas, pero en los seis años que vivió en la familia Valdez, ¿por qué le ordenaste a Félix que no le diera dinero para sus gastos? Si no le dabas dinero, ¿cómo pretendías que viviera en esta casa?
—¡Lo hacía para fastidiarla! —respondió Fernanda.
—Si era para fastidiarla, ¿por qué le pedías que te masajeara la espalda durante siete u ocho horas seguidas?
Fernanda balbuceó:
—¡Es que ella masajea mejor que cualquier masajista profesional!
Lázaro se quedó sin palabras.
—Sabías que iba al mercado negro a vender su sangre y aun así no le dabas dinero. Y no solo eso, ¿no sabías que estaba embarazada de mi hijo?
—Yo… —comenzó Fernanda.
Las palabras de su hijo la dejaron sin respuesta. Lázaro suspiró.
—Fue mi esposa legal durante seis años. La mitad de mis ingresos de esos seis años le corresponden, ¿entiendes? ¡La otra mitad es la compensación de la familia Valdez por todo el sufrimiento que padeció en esta casa!
—¡Pero es demasiado para ella! ¡No lo merece!
—¡No hables más! ¡Solo quiero que esto termine en buenos términos! —dijo Lázaro, cada vez más irritado.
Mientras hablaba con su madre, no dejaba de mirar hacia donde estaba Rocío.
Rocío mantenía una expresión serena.
Conversaba tranquilamente con su abogado, Romeo.
A veces asentía con la cabeza.
A veces sonreía, una sonrisa amplia y relajada.
Primero tenía que divorciarse.
Comenzó la audiencia.
El grupo de Rocío y el de Lázaro entraron y tomaron asiento en lados opuestos.
Al levantar la vista hacia el estrado, Rocío se dio cuenta de que el juez había cambiado. No conocía al juez que tenía delante; ya no era el que había hablado con ella en dos o tres ocasiones.
Sintió una punzada de duda.
Instintivamente, miró hacia el lado de Lázaro.
Sabía que la familia Valdez era rica y poderosa, capaz de mover hilos.
Y, en efecto, Fernanda también la miraba con una sonrisa burlona y desafiante, como si le estuviera diciendo: «Aunque tú hayas demandado a Lázaro por divorcio, en este juicio, la familia Valdez te hará perder de forma humillante».
Rocío se quedó paralizada por un momento.
Luego, recuperó la compostura.
Después de susurrar unas palabras a su abogado, este se puso de pie y se dirigió al juez:
—Señoría, mi cliente solicita que la audiencia de divorcio sea transmitida en vivo.

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