—¡Tú… Rocío! ¿Qué es lo que pretendes? ¿Quieres que Lázaro y yo acabemos contigo, que te expulsemos a miles de kilómetros de aquí? —le espetó Mireya, rechinando los dientes.
—Se me olvidaba. Faltan veinte millones, el dinero de la estatua del ángel, que no están incluidos en esos seiscientos millones. Para ser exactos, me debes mil veinte millones. Devuélvemelos con intereses en una semana, o irás a la cárcel. —El tono de Rocío se mantuvo siempre tranquilo.
—Tú… tú… —Mireya, al otro lado del teléfono, estaba tan furiosa que no podía articular palabra.
Simón le quitó el teléfono a Mireya y habló al auricular:
—¿Hola?
—¿Señor Paredes? —Rocío sonó ligeramente sorprendida.
Pero también era algo que esperaba.
Al fin y al cabo, Mireya era la favorita de todos.
Siempre había tenido a su lado a muchos hombres exitosos para ayudarla.
—Señor Paredes, por el tono de la señorita Zúñiga, parece que está muy alterada, ¿quizás borracha? Si es así, por favor, cuando se le pase, dígale que me debe mil veinte millones, más los intereses. Que me los devuelva en una semana. Si no puede, tendrá que ir a la cárcel.
Simón dijo:
—Roci…
—Señor Paredes, ¿le pongo en un aprieto? Si es así, no se preocupe. En realidad, no pensaba llamarla para notificarle. El juzgado se encargará de la ejecución forzosa. Fue Mireya quien me llamó, y pensé en recordárselo. —El tono de Rocío se mantuvo siempre estable y sereno.
Simón, con el teléfono en la mano, no sabía qué decir.
¿Acaso debía regañar a Rocío? «¿Cómo puedes ser tan cruel?».
¿Qué había hecho mal Rocío?
Al principio, no quería demandar por el divorcio.
Fue ella quien propuso el divorcio y renunció a todos los bienes, cediendo por completo.
Pero Mireya y Lázaro la hicieron esperar tres meses.
Eso obligó a Rocío a tomar la vía legal.
Reclamarle a Mireya los mil millones era justo, razonable y legal.
Que Mireya gastara el dinero de ella y Lázaro era lo descarado e ilegal.
—No te preocupes, Roci. Solo quería decirte que hoy estuviste genial. ¡Eres increíble! Te felicito de corazón y te deseo lo mejor —dijo Simón por teléfono.
Rocío respondió:

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